El cineasta argentino y la tradición: debate Nicolás Prividera – Mariano Llinás (Primera parte)

Debate realizado en el marco del 10º Festival Internacional de Cine Independiente de La Plata – Festifreak. Viernes 17 de octubre de 2014.

 

Mariano Llinás: cineasta (Balnearios, Historias Extraordinarias), ensayista (Revista de Cine).

Nicolás Prividera: cineasta (M, Tierra de los Padres), ensayista (Con los ojos abiertos), docente.

Nota preliminar: Se ha decidido respetar al máximo posible la respiración original de la conversación. Por esta razón, se omiten mayores aclaraciones, como en el caso de los nombres (es decir, no se agregan los nombres de pila cuando las referencias de los participantes sólo incluyen los apellidos). Tampoco se corrige el nombre del libro de David Viñas Literatura argentina y realidad política nombrado de forma ligeramente distinta. Las sintaxis confusas, los razonamientos dispersos, las reiteraciones y el abuso de adverbios son típicos de cualquier debate. En el discurso oral se pierden, pero al quedar éste fijado en la página, su evidencia es ineludible. Aquí se los mantiene por la razón expuesta en la primera sentencia de esta nota preliminar y porque sería temerario (y empobrecedor) apelar a los estándares de edición españoles, que todo lo homogeneízan, que todo lo degradan, que pretenden (falsa y falazmente) una reapropiación total del discurso ajeno. Se habla mucho en esta charla sobre lo moderno. Tómese esta decisión como un recurso modernista.

Imagen: Quintín (publicada originalmente en Twitter)

Imagen: Quintín (publicada originalmente en Twitter)

(Sala Presidencia. Pasaje Dardo Rocha. La Plata. Oropeles desgajados. Academicismo francés.)

Mariano Llinás. —Buenas noches, señoras y señores… bueno, la… charla… surge, me parece a mí, de una serie de… cartas, podemos decir, una serie de cartas que nos escribimos con el profe aquí presente, un poco suscitadas por una revista de cuyo nombre no quiero acordarme, que salió hace un tiempo y que generó los más airados… escándalos. Y entonces, en esa revista yo había escrito un artículo que tenía que ver con, como de costumbre, una serie de protestas con respecto a determinadas cosas del cine argentino, la misma historia de siempre; y fue por una frase del profe, que habitualmente ustedes saben que el profe es muy profuso… es un… polemista profuso que escribe dardos para todos lados con una voluntad de hierro, y entonces en una de esas cartas que escribió de manera personal, decía una frase que me pareció que, aunque fuera breve, mencionaba el germen de un posible debate. Yo, en ese artículo al que hago alusión, un artículo en el que, de alguna manera, sostenía en relación a la tradición, que es la que nos convoca hoy aquí, la idea de que el cine argentino podría dividirse, como prácticamente todas las cosas, en dos tradiciones opuestas, y que había una tradición que podríamos llamar, y que se llamaba desde hacía mucho tiempo, con el nombre extrañamente oficial de cine nacional… cine nacional, lo repito… yo creo que debe ser el único país del mundo, sin dudas uno de los profes aquí presentes pueden decir si, por ejemplo, Estados Unidos considera que Casablanca forma parte del cine nacional, o si en Moscú piensan que La Conjura de los Boyardos es cine nacional (ya ahí es más complicado igual, como no ignorarán). Digo, la palabra nacional es una palabra elocuente, ¿no?; entonces, yo decía, por un lado está ese cine nacional, en el artículo de marras en el que yo me apresuraba con una prosa un poco influida por mi reciente conversión al islam, y llamaba al cine nacional “Gran Satán”, “nuestro Gran Satán”; y por otro lado, sugería que, contra esa tradición, para usar palabras caras a mi colega, hegemónica del cine nacional, existía una suerte de pequeña tradición que era aquella que estaba fundada en un rechazo de la noción de cine nacional y del cuerpo de películas que componían el cine nacional. Es decir, una tradición que era contraria al cine nacional en su misma constitución. Quiero decir, una tradición de películas cuyo objetivo… primigenio consistía en separarse de manera ferviente, de manera furiosa en algunos casos, de esa entidad llamada cine nacional. Y entonces, como yo tendía a generar una especie de alianza entre esa tradición y el cine independiente del cual me considero parte, el cine independiente surgido a fines de la década del 90 en la Ciudad de Buenos Aires, tendía a establecer esta especie de rivalidad entre estos dos universos: existía un cine que odiaba al cine nacional y otro que se reconocía parte del cine nacional. Podemos empezar, si quieren, ya no me quiero extender demasiado, pero me parece que cada una de esas posiciones reconoce, a su vez, antecedentes, lo cual constituye una tradición. Hablaría de varias pequeñas escuelas marginales con respecto al cine argentino del pasado, y no te digo solamente en la Universidad del Cine, que no es ciertamente marginal, digámoslo de una vez por todas, pero está comandada por un personaje que ha sido siempre bastante marginal, que es Filipelli. Pero también, por ejemplo, podemos reconocer a los exiliados, a los cuales el profe se ha referido en una de sus historias del cine (Histoires du cinéma); y también puedo pensar, por ejemplo, en el… taller de… documental de la Universidad del Litoral, comandado por Beceyro, que se opone al cine nacional de Birri; digo, como pequeñas unidades de oposición. Entonces, si tengo que ser sincero, me parece que la tradición se remonta más lejos todavía… Continuar leyendo

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