Contribución al estudio del cinema

Por César Vallejo

París, noviembre de 1927

Todavía en París se aplaude la retórica. Todavía Edmond Rostand obtiene para Chantecler la ovación de hace veinte años y los cantos del gallo de su fábula todavía suscitan en los ojos de las novias la humedad consabida. Cuando Víctor Francen, del Teatro Saint-Martin, con su lujoso plumaje ajiseco y su aguerrida cresta de cartón, sube al bardal y canta —¡cocoricó!, ¡cocoricó!— los balcones todavía crujen y el público responde con sus grandes aplausos de serie.

Los actores lo saben: un monólogo bien timbrado basta para sostener una pieza en el affiche durante un año. El gasto teatral lo hace todavía la retórica, por medio de la prosodia de la frase o por la del sentimiento. Porque si Francen triunfa, rompiéndose la lengua, lvonne Printemps triunfa hiperbolizando, por la milésima vez, la tonante emoción de la adúltera. Aquélla es la retórica del verbo; ésta es la del sistema nervioso.

Sin embargo, nadie podrá negar que estamos en 1927 y que las condiciones acústicas, externas o internas, de la vida, difieren de aquellas de hace un cuarto de siglo, en que se produjo Chantecler.

¿Habrá aumentado, acaso, el ruido, desde 1905 a esta parte? ¿Habrá disminuido? ¿Hay más ruido en el universo o menos que hace veinte años? Pero, he aquí que me parece haber preguntado mucho. ¡Casi le he dado al señor Einstein en las orejas con tamaña interrogación, que, sin darme cuenta exacta, me ha salido tan grande! No. Lo que yo quería saber es solamente si la vida se hace, con el tiempo, más ruidosa o más silenciosa. Los materialistas responderán que la vida marcha hacia el silencio, los espiritualistas, hacia la apoteosis del Verbo inmortal y los del centro sostendrán que el sonido existe en una cantidad constante en el universo y que lo que cambia es la proporción en que éste se mezcla o alterna con el silencio, según el tiempo y el espacio. Continuar leyendo

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Musical 2. John Cassavetes y Savages

 

Opening night 1

Silence Yourself, álbum debut de la banda británica Savages, comienza con un fragmento del largometraje Opening Night de John Cassavetes. Es la escena en la que Sarah Goode, la dramaturga interpretada por Joan Blondell, interroga a una cada vez más perturbada Myrtle Gordon (Gena Rowlands, otra vez “una mujer bajo la influencia”). Al parecer, la escritora es la única en percibir que el comportamiento cada vez más errático de la protagonista de su obra The Second Woman tiene que ver con la muerte de una joven fanática a la salida del teatro. “¿Cuántos años tienes, realmente?”, inquiere Sarah. La misma pregunta retorna en varias oportunidades y nunca es respondida. Previamente, la había formulado la propia Myrtle a la chica, segundos antes de que fuera atropellada por un automóvil.

El paso del tiempo, el transformarse de una persona (joven, la primera mujer) en otra diferente (no-joven, la segunda mujer que da título a la pieza teatral) no sólo es el tema central del film, también de la obra dentro del film y es la obsesión que perturba al personaje-actriz de Gena Rowlands. La tensión entre una juventud que quiere desarrollarse a sí misma en libertad y una no-juventud que constituye el statu quo que busca imponerse sobre las nuevas generaciones es, a su vez, uno de los temas fundamentales del disco de Savages. Continuar leyendo

Musical 1. Eric Rohmer y St. Vincent

L'amour à l'après-midi

 

En L’amour l’après-midi, conocida de manera un tanto literal en España como El amor después del mediodía, aunque también podamos referirla como El amor en la tarde, última parte de sus Seis Cuentos Morales, Eric Rohmer nos presenta la estructura habitual: un hombre se relaciona con una mujer, ya sea de forma epifánica y de acuerdo a ciertos ideales —Ma nui chez Maud, o, Mi noche con Maud—, ya sea por un golpe de amor a primera vista con un dejo de capricho —La boulangère de Monceau, o, La panadera de Monceau— o, como en la película que aquí nos compete, por intermedio de la institución matrimonial. Luego, este hombre conoce a una segunda mujer, con la que comienza una relación más o menos intensa que amenaza con desviarlo del objetivo original. En este caso, se trata de la Chloe del título en inglés —Chloe in the afternoon—, una vieja conocida de épocas más liberales y menos burguesas. Finalmente, el hombre vuelve a la primera mujer.

La cantautora estadounidense Annie Clark, mejor conocida por su nombre artístico St. Vincent, se inspira en esta estructura para imaginar una historia con un dejo de subversión sadomasoquista, una especie de guiño malicioso a la moral rohmeriana. Continuar leyendo