La afición cinematográfica del déspota

Capítulo 26 de la novela Los Sorias de Alberto Laiseca (editorial Simurg, 1998. Luego, editorial Gárgola)[1]

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Monitor de ninguna manera se había despreocupado del incidente con el robot de la biblioteca. Todo un rincón subliminal de su intelecto permaneció investigando, el resto del día, a fin de hallar solución al misterio. El Jefe de Estado daba muchas veces la impresión de carecer de unidad temática. Esto no era cierto del todo, pues si bien saltaba de un tema a otro, por completo distinto, con diversos planos de su interior seguía operando sobre lo en apariencia abandonado.

Monitor entró de lleno en el tema:

—Entre otras cosas he pensado en un largometraje compuesto por «colas» unidas discontinuamente. La película tratará sobre unos espectadores que entran a un cine. Antes de que la función comience pasan colas de films que se supone serán exhibidos en semanas venideras. Y ésa es la película: todo colas de películas que no existen. La ventaja de esto es que pueden dejarse todas las ideas indicadas, con trazos, en los puntos más luminosos; el horror, la tragedia, la comicidad, vendrán dadas por la violencia de imágenes sin principio ni fin. Porque aunque nadie entienda un carajo de los argumentos —como que no existen— no importa. El objetivo de conmover estética y trascendentemente estará logrado. Quiero una escena en verde y amarillo deslumbrantes, como en los cuadros de Van Gogh. Fundamentalmente amarillo rojizo. Filmar marcha atrás la caída de las hojas; primero a velocidad normal y luego en cámara lenta, para que en una refulgencia bellísima, como en un sueño o en una visión, el amarillo surja de la tierra.

Para ciertas escenas podría utilizarse un objetivo temporal, para filmar fragmentos del pasado o del futuro. O sea: cosas que ocurrieron siglos atrás o que incluso no hayan sucedido aún. Los sabios me dicen que la tecnología para poder hacerlo pronto estará dominada. ¿Te aburro?

—No. Seguí.

—Quiero extras que muestren absoluta inhumanidad en las escenas más crueles. Por ejemplo: si se trata de soldados que caminan portando estandartes medievales, hacia la Plaza Mayor donde a una mujer le serán atadas dos piedras de treinta kilos, una en cada teta, la inhumanidad no vendrá dada por su frialdad de severos jueces, ni a causa de la alegría propia de sujetos sádicos, sino por la inmensa satisfacción que les produce participar en la pompa de un espectáculo grandioso.

Otra cosa. Un sustituto de lo que se utiliza hasta ahora para pasar de una escena a otra: fundidos, fundidos encadenados, panorámicas veloces, etc., podría ser tomar cuadro por cuadro de escenas completamente distintas entre sí, del resto de película que aún no se ha pasado. La suma de todos los cuadros no debe insumir en total más de dos segundos. La ventaja es que el subconsciente del espectador irá siendo potenciado con diversas premoniciones y símbolos de lo que vendrá, y del sentido de la cinta en sí. —Delirando—: Quiero filmar un pezón que sea más grande que un hombre. Un pezón enorme como el mundo. Al principio, como sólo aparecen las siluetas en sombras, vos creés que se trata de una saliente rocosa que está al lado del viajero. Pero luego la cámara se aleja un instante —sólo un instante, ¿ves?—, un foco lo ilumina, y te das cuenta de que es un pezón de mujer. Al tomar aún más distancia observás que ella está desnuda, tomando el sol en una playa de cualquier otro lado.

Luego —catecúmeno en sus columbarios— Monitor retornó a un tema del principio:

—Los ladrillos gigantes o las piedras que se cuelguen de los senos de la mujer encadenada en la Plaza Mayor deberán estar envueltos en diarios, para dar carácter. Por lo demás, de los pechos de la actriz serán colgados verdaderos pesos de veinticinco o treinta kilos, a los fines del realismo. Y no deberán importarnos en absoluto sus vigorosas protestas o resistencias estúpidas. El arte ante todo. Se puede sacar al efecto a alguna actriz soria de la cárcel. Después de la filmación y para compensarla la rehabilitamos, en el peor de los casos.

Lo que me preocupa es la sonorización. Cuando haga la película ya habré dejado de ser Monitor y viviré pobrísimo. Con mi jubilación andaré corto de dinero, ¿comprendés? Es por eso, dicho sea de paso, que trato de filmar ahora las cosas más caras. Pero creo que, en cualquier caso, no voy a tener más remedio que seguir filmando con Súper 8 y sonorizar con grabador.

El Barbudo lo miró estupefacto:

—Decíme, ¿estás hablando en serio?

Monitor, con asombro:

—Por supuesto. ¿A qué te referís?

—¿Pero de qué disparates estás hablando?

—No veo el disparate.

—¿Cómo que no? Todo lo que había es disparatado. ¿Me vas a decir que un hombre como vos, que tiene el poder que tiene, una vez que deje de ser Monitor va a vivir de una jubilación que no le alcance ni para filmar películas de verdad? Y aunque fuera así, ¿por qué no te comprás todos los equipos ahora que podés?

—¿Y el ejemplo?

Lo que más admiraba el Barbudo era ver que el otro era sincero. No sabía cómo interpretar a este hombre oscuro, contradictorio, bueno y malo a la vez, monstruoso e inocente a un tiempo. Justo en ese momento, mientras lo miraba sin poder creer lo que veía y escuchaba, el Barbudo Misterioso se propuso purificarlo aunque le costase la vida. Por de pronto estalló:

—¡Qué ejemplo ni qué mierda! ¡Qué cuáquero que sos! Me parece bien que no robes, pero todo tiene su límite. En el fondo sos un puritano. Además qué contradictorio: como si no te gastaras millones en delirios. Otra cosa de la cual vamos a tener que hablar alguna vez es sobre su obsesión con la cortada de tetas y otras verdugueadas sexuales muy tuyas.

Monitor, escandalizado:

—Lo único que faltaría es que me quisiesen privar de una afición de lo más inocente.

El Barbudo haciendo como que no escuchaba:

—Pero tu ignorancia de la realidad no termina con algunas de las cosas que te mencioné. ¿Vos te suponés que un hombre requetejugado como vos, a quien odia casi todo el mundo —aunque también haya quien te ame—, va a poder largar el gobierno así nomás y marchar por las calles de Monitoria sacando tomas con una Súper 8?

—En cuanto a eso no te preocupés. Tengo métodos para no ser reconocido.

—Está bien, ¡pero prometéme que vas a vivir como se debe, con todo lo necesario!

—Lo voy a pensar.

Alberto Laiseca 2

 

[1] Para Ricardo Piglia, la mejor novela argentina desde Los Siete Locos de Roberto Arlt. Objeto de culto, casi imposible de conseguir dadas sus ediciones limitadas y agotadas (un ejemplar puede costar encima de mil pesos —más de cien dólares—), pertenece al universo de novelas enciclopédicas y atlásicas cuyo referente máximo ha de ser el Ulises de Joyce.

 

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