Planos (desolación)

"Stray Dogs" ["Jiao you"] - Tsai Ming-liang, 2013

“Stray Dogs” [“Jiao you”] – Tsai Ming-liang, 2013

Stray Dogs. O Perros Callejeros. Excursiones por los suburbios, entre la naturaleza y las construcciones derruidas. Debe ser la película más exigente de Tsai Ming-liang, director taiwanés nacido en Malasia. “El Antonioni de Oriente” para algunos. También “El poeta de la alienación”.

Algunos de sus planos larguísimos, insostenibles, me recordaron otros de otra película que hallo dificultosa de otro cineasta que aprecio: Sátántangó de Béla Tarr. Si la memoria no me engaña, hay uno fijo, picado, en un bar con gente emborrachándose y comportándose de manera errática mientras se oye sin parar una melodía de acordeón. No lo he cronometrado, pero se extiende más allá del límite de lo soportable (para mí).

La cuestión no pasa tanto por la duración per se, sino por lo que el plano muestra en esa duración. Es claro, en especial por esa música circular, simple y forzosamente reiterativa del acordeón que Tarr intenta sacarnos de quicio adrede. ¿Cuánto debe durar un plano? Pregunta capciosa, sobre todo por el empleo del verbo “deber”. La capacidad de atención depende de cada subjetividad, pero también de las circunstancias: en un determinado momento puedo estar menos predispuesto que en otro para ver tal tipo de película.

Planteémoslo así: cada plano durará lo que el director considere; el espectador considerará si lo comprende, si lo justifica, no tanto si lo soporta (lo insoportable puede ser atractivo, salvo que uno busque apenas entretenerse).

Volvamos a Stray Dogs: un hombre (Lee Kang-sheng, actor protagónico omnipresente en la obra de Tsai) y sus dos pequeños hijos viven prácticamente en la calle. Él trabaja como aviso publicitario viviente, sostiene carteles en las esquinas bajo el viento, la lluvia y el frío durante horas. Como en otros films del autor, la luz del sol es casi una interdicción, salvo que se encuentre filtrada por una capa de nubes que deja al cielo —por lo general fuera de campo— de un gris blanquecino. La luz que prevalece es la del Dios Neón, que no se extiende mucho más allá de su fuente salvo cuando se refleja, deformada y parpadeante, en las superficies húmedas por doquier.

Stray Dogs 3

Tsai presenta la degradación laboral del padre en planos fijos no consecutivos cada vez más cerrados sobre su figura. Es de un patetismo atroz, una de las representaciones más contundentes y simples (y ridículas) de la enajenación y de la explotación del trabajador en el capitalismo.

Mientras tanto, sus hijos no van a la escuela: pasan las horas en un hipermercado, donde una especie de gerente se interesa, de a poco, por ellos.

El realizador juega a la desconexión (que, paradoja mediante, conecta forma y contenido): la falta de consecutividad entre planos, sumada a su larga duración —y escasísimo o nulo movimiento de cámara—, junto a la falta de música extradiegética que estimule sensaciones, hace difícil comprender con rapidez qué es lo que se está viendo —desde el punto de vista de la historia—. Aún así, Tsai no renuncia a narrar, en el sentido de contar una historia, aunque la enrarezca mediante el sostenimiento del plano al límite de lo tolerable y mediante un montaje más bien asociativo antes que dialéctico.

El contenido de los planos también contribuye a llevar al paroxismo la incomunicación que permea todo su cine como uno de los temas centrales. De un interior lujoso pasamos a un bosque, a las calles de una ciudad, a un interior derruido, a un supermercado de luminosidad antiséptica (la suciedad y la limpieza como asuntos crípticos del film), de vuelta al bosque…

No hay un plano (secuencia) que nos lleve de un ambiente a otro, y los planos consecutivos que nos mantienen en un mismo ambiente son escasos: aparecen, más que nada, en la última, misteriosa, secuencia, quizás un flashback, aunque su contenido parece tan simbólico que incrementa aún más el enrarecimiento del realismo en la puesta en forma: si no comprendo mal, aparece la madre —antes ausente—, los chicos hacen los deberes —señal de que están yendo al colegio—, y el padre, luego de bañarse, descansa en un sofisticado sillón vibrador. Pero la casa está destruida. Es como un sótano, no hay ventanas y las paredes están tiznadas y repletas de marcas como jeroglíficos. La humedad —subrayemos la omnipresencia del agua en las películas de Tsai, no siempre fácil de descifrar, quizás no siempre ahí como símbolo a ser descifrado— rezuma por las paredes. “La casa llora”, le explica la madre a la pequeña hija y cuesta no pensar que el simbolismo precipita por su propio, excesivo peso.

Stray Dogs 4

Ezequiel Iván Duarte

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