Prefiguraciones: La Patagonia Rebelde

"La Patagonia Rebelde" - Héctor Olivera, 1974

“La Patagonia Rebelde” – Héctor Olivera, 1974

El sábado 13 de junio se cumplió el aniversario número 41 del estreno de La Patagonia Rebelde, una de las películas canónicas del ‘cine político’ argentino. El film de Héctor Olivera —basado en el libro Los vengadores de la Patagonia trágica de Osvaldo Bayer quien, junto al director y al co-productor Fernando Ayala, fue también autor del guión— apela a la revisión histórica, aunque se despega de sus contemporáneos al dejar de lado la gauchesca decimonónica a favor del relato de los abusos padecidos por los trabajadores patagónicos a comienzos del siglo XX. Se constituye así como tardía heredera de Prisioneros de la tierra (Mario Soffici, 1939) y de Las aguas bajan turbias (Hugo del Carril, 1952) que trataban sobre la explotación laboral de los mensúes en los yerbatales de Misiones. Una heredera sorprendente si se considera que la productora Aries se destacaba más que nada por la realización de comedias con Luis Sandrini, Olmedo y Porcel, más alguna que otra picaresca y las dos partes de Argentinísima, acerca de la música folklórica nacional.

El rol del Ejército —comandado por el teniente coronel Héctor Benigno Varela— en la masacre de los trabajadores anarquistas y sindicalistas de 1921 —quienes exigían condiciones dignas de trabajo— y, desde un punto de vista más general, la violencia política implicada en el hecho, remiten sin lugar a dudas al contexto del estreno en 1974, durante el último gobierno de Perón. Y como ha afirmado el crítico y cineasta Nicolás Prividera, “hacer en pleno auge de la violencia política una película que se inicia con el atentado contra un coronel es de una inconsciencia o valentía increíbles.” No es casual, entonces, que el film tuviera dificultades para estrenarse y que, tras la muerte de Perón y la llegada a la presidencia de Isabelita, fuera bajado de cartel por los propios productores, quienes no tardaron en recibir amenazas de la Triple A. Buena parte de sus responsables se exiliarían con el paso del tiempo.

Las intenciones didácticas del film son ostensibles: no quedan dudas sobre el punto de vista elegido, sobre la toma de posición de sus responsables. Los héroes trágicos son los obreros y campesinos, en La patagonia rebelde 2su mayoría extranjeros. Los verdugos pertenecen a una red oligárquica que colige latifundistas criollos e ingleses, la Sociedad Rural que los agrupa, el Ejército y los intereses económicos foráneos (básicamente británicos). Pero hay formas y formas de ser didáctico y el esquematismo puede volvérsele un poco en contra a Olivera, por ejemplo en la escena en la que se subraya la germanofilia del teniente coronel.

El falso nacionalismo de esta oligarquía es otro de los blancos contra los que dispara La Patagonia Rebelde. Varela, en una actitud que proliferó en la Argentina de comienzos del siglo XX, abrumada por la llegada de enormes cantidades de inmigrantes, manifiesta su desprecio explícito ante los trabajadores en protesta, en su mayoría extranjeros (españoles, alemanes, polacos, chilenos). Su actitud no difiere de la adoptada por intelectuales como Leopoldo Lugones o Manuel Ugarte, quienes viraron por aquellos años del socialismo a posturas más conservadoras. Éste último, en su seminal libro La Patria Grande, donde se prefiguran las ideas del primer peronismo, señalaba la ingratitud de los extranjeros que, con sus protestas y reclamos, perturbaban la vida de la Nación que supo acogerlos.

A diferencia de los empresarios y políticos oligarcas, en un principio Varela ve con pavor las paupérrimas condiciones en las que deben vivir y desempeñar sus tareas los trabajadores patagónicos. Pero cuando el nuevo convenio impulsado por el yrigoyenismo tras la presentación de su informe es violado por los patrones, lo que origina nuevas huelgas y boicots, Varela optará por la solución más mezquina y fácil. La extranjería de los anarquistas le servirá de facilitador ideológico. Pero no será sino hasta la climácica escena final —los ojos de Varela inyectados en primerísimo primer plano ante un cántico de felicitaciones en inglés— en la que el arquetípico militar argentino del siglo XX comprenda que la Patria que supone defender contra la penetración de ideas foráneas no es tal y que él es el instrumento de intereses económicos neo-imperialistas.

A raíz de lo que ocurriría dos años después, en 1976, con la imposición del modelo de “miseria planificada” gracias a la alianza entre Ejército golpista y oligarquía capitalista, según la caracterización clásica de Rodolfo Walsh, que condujo a la extranjerización de la economía, el aumento de la pobreza y la desigualdad, y al incremento exponencial de la deuda externa, esa escena final se convierte en sugestiva y ominosa premonición.

La patagonia rebelde 4

Ezequiel Iván Duarte

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5 Comentarios

  1. En primer lugar, quiero ser explícita acerca de mi admiración, respeto y alegría por la existencia de este blog. De modo que me gustaría se entendiera que todo comentario crítico o polémico (a este o a otros posts) viene tácitamente precedido por un acuerdo general o, como mínimo, por un reconocimiento del interés del punto de vista presentado. Lo propio de estos espacios es expandir los núcleos polémicos, aun cuando a veces ni siquiera representan lo central de las tesis posteadas, y no quebraré ahora yo esa tradición.

    Dicho esto, precisamente, quería señalar un cierto desacuerdo ante la mención a Manuel Ugarte, cuya consecuencia como intelectual antiimperialista y su implicación en la construcción de un pensamiento nacional y americano autónomo lo acompañaron hasta su muerte. De ningún modo, las líneas en que Ugarte, en La Patria Grande, expresa su preocupación por la constante conflictividad en la sociedad urbana argentina deberían confundirse o asimilarse al nacionalismo reaccionario de Varela, o al que enarboló Lugones en la última etapa de su vida.

    “En una ciudad de un millón de habitantes, donde predomina el elemento extranjero y donde las ideas libertarias tienen partidarios numerosos y resueltos, un conflicto económico tiene que determinar siempre una perturbación profunda. De aquí que las diferentes movilizaciones obreras y las luchas largas que han interrumpido momentáneamente la respiración de nuestro gran puerto hayan levantado siempre entre el elemento nacional un remolino de resistencias. Los nativos, heridos a la vez en sus conveniencias individuales y en sus intereses nacionales, han protestado siempre contra la tiranía del trabajador, en su inmensa mayoría extranjero, que, a pesar de disfrutar de salarios superiores a los que gana en Europa, interrumpe a su capricho, y con una frecuencia cada vez mayor la actividad urbana. El proletario, por su parte, ha reprochado siempre al nativo las severidades de la policía y el procedimiento sumario que lleva a las autoridades a suspender las garantías constitucionales y a decretar el estado de sitio cada vez que los gremios insisten en una reivindicación o formulan airadamente una exigencia. Estas dos corrientes antagónicas han venido multiplicando los choques y fortificando su hostilidad durante varios años, unos y otros han exagerado y llevado al paroxismo su combatividad y sus rencores. La ley de residencia, las huelgas generales, el cierre de los locales obreros y la bomba que costó la vida al jefe de policía de Buenos Aires, no fueron más que episodios trágicos de un desequilibrio social, de una agresividad terca y estéril, que enturbia las facultades y el buen juicio de los dos bandos. Han faltado en el gobierno hombres previsores y flexibles que atenúen los choques y sepan imponer respeto sin recurrir a la violencia; y han faltado entre los grupos extremos los consejeros prudentes que moderen las impaciencias peligrosas para salvar el porvenir. Ni en un partido ni en otro se ha tenido la noción de las realidades.”

    “Conocidos estos antecedentes, nada más fácil que sintetizar un conflicto y medir sus prolongaciones. En momentos en que la República Argentina se disponía a celebrar el primer centenario de su independencia, en que el entusiasmo de un pueblo impetuoso se traducía en programas de festejos como no se habían visto aún en aquel país, y en que las delegaciones de los gobiernos extranjeros empezaban a desembarcar en la capital, se desencadenó bruscamente un nuevo choque, que cambió el carácter de la lucha, transportándola del terreno económico al terreno nacional. A una nueva huelga general que impedía la inauguración de las exposiciones y hacía fracasar la mayor parte de las fiestas, contestaron los estudiantes con un asalto a las imprentas de los diarios anarquistas y con una persecución contra los hombres de ideas avanzadas. Los grupos vinieron a las manos en las calles: hubo choques sangrientos, y la discordia se encrespó hasta transformarse en odio. De la inadmisible campaña antipatriótica de los unos, arrancó la exasperación de los otros. Las opiniones se transformaron en alaridos, y la demencia de los que negaban la nacionalidad dio alas a la tiranía de los que impusieron la escarapela bicolor con la amenaza en la boca.”

    Está claro que la preocupación de Ugarte es resultado de su adhesión, no a ideas más conservadoras, sino a un diagnóstico en el que la atención central no está puesta en la clase, sino en la Nación, en tanto -como él ha explicado más arriba, en la misma obra- Ugarte ve cristalizar y consolidarse un sistema de dominio imperialista cuyas características, independientemente de qué potencia (o potencias) terminara imponiéndose, serían nefastas para Sudamérica y para Argentina en particular.

    Naturalmente, quien para explicar y entender la situación sudamericana, continúe apegado a consideraciones exclusivamente de clase entenderá que hay aquí un talante conservador. Pero cada situación exige sus respuestas y lo que es conservador en los manuales, muchas veces es lo más audaz en la práctica.

    Entiendo que resulte hoy enojoso el léxico ugartiano, pero, ¿es necesaria aquí una advertencia contra el anacronismo? También lo es que Ugarte establezca una simetría demasiado prolija respecto de las dos fuerzas sociales perturbadoras, cuando sabemos que la superioridad de una de ellas era incontrastable. En este punto, la etiqueta de conservadurismo parecería adecuársele un poco más. Sin embargo, insisto, Ugarte estaba interviniendo en política; no era un intelectual que pontificaba acerca unas aspiraciones abstractas. Y es allí, y en el efecto de sus intervenciones, donde debe buscarse el sentido de ellas; y no, en un análisis del discurso desprendido de las disputas situacionales.

    Por otras parte, y aunque el socialismo de Ugarte fuera relativamente radicalizado si se lo compara con el de J.B.Justo (pero convengamos que cualquiera resulta radicalizado si se lo compara con JBJ), Ugarte (como tampoco Lugones) nunca había planteado la vía de la revolución obrera como camino posible para la Argentina (entre otras cosas, porque la adhesión a un ideario etapista y progresista, si se quiere, no lo habría permitido), de modo que -aunque no soy una especialista, ni hilo muy fino en este terreno, o precisamente por ello- sería cuidadosa de hablar de giro o viraje.

    “La cuestión obrera no puede desinteresarnos del problema nacional. La victoria del país y el adelanto corporativo son vasos comunicantes -decía Ugarte ya en 1910. Ugarte siempre creyó en la necesidad de construir una nación que incorporara (incluyera, decimos hoy) a los trabajadores de origen de extranjero (lo que, efectivamente, ocurre con Yrigoyen) y no en su expulsión o segregación, alternativas muy vivas para la época. De modo que, aunque quizá la referencia a propósito de un clima de época sea apropiada, no parecen del todo justos con Ugarte los términos en que se lo menciona.

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    • Muy buen aporte, gracias Carla. La comparación entre Ugarte-Lugones-Varela no pretendió decir que los tres eran lo mismo, por supuesto, sí se me ocurrió que los virajes de Lugones y Ugarte, con sus diferencias, expresan parte del sentimiento nacionalista exaltado por la llegada masiva de inmigrantes (llegada buscada en un momento, con fines civilizatorios, aunque los europeos que terminaron por venir no eran los anglosajones tan deseados). En este sentido sí me parece que hay un viraje en Ugarte, que motiva su ruptura con el PS y sus críticas al internacionalismo, aunque, es cierto, al menos hasta donde mis limitados conocimientos me indican, sin llegar al fascismo de Lugones.

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      • Creo que todas son respuestas a la cuestión de la integración de las nuevas -y, para la época de La Patria Grande, ya no tan nuevas- poblaciones en la sociedad argentina. En este sentido, sí, Ugarte es parte de un clima de época, si se quiere. Pero precisamente su respuesta es para impugnar a ese nacionalismo exaltado. Evidentemente, creía en la necesidad de integrar a estos nuevos contingentes a una sociedad que no era (o podía ser) otra cosa burguesa, en el mejor de los casos. En este sentido, es también evidente que apostaba a la conciliación.
        Pero la ruptura con el PS no me parece que haya que verla como una respuesta conservadora frente a un internacionalismo más progresista. De hecho, de lo que Ugarte se defiende es de la acusación de “extremista”:

        «No somos agitadores. De nuestra mesura y prudencia para abordar la cuestión
        social hemos dado prueba en repetidas ocasiones, y nuestra separación del Partido Socialista a raíz de las incidencias que todos conocen, es garantía suficiente de serena ecuanimidad. Adversarios de ideologías y de sistemas que puedan hacer peligrar la vitalidad del país, rechazamos la lucha de clases y las agrias reivindicaciones que parecen ser la base del programa extremista; pero, por lo mismo que queremos la concordia social y la colaboración de todos los hombres dentro del engrandecimiento nacional, somos partidarios de que se respeten los derechos individuales y de que se defienda la dignidad del obrero» (1924)

        Se trata más bien, de una respuesta de carácter nacional, que afronta los desafíos concretos de un país cuya opciones son la construcción de un capitalismo relativamente autónomo (de lo que la unidad sudamericana era requisito), o la lisa y llana prolongación del modelo agroexportador que nos condenaba a seguir siendo una factoría extractiva del imperio, cualquiera que fuese la potencia que resultara hegemónica. Ante este diagnóstico el internacionalismo abstracto y aun, se diría, liberal de Juan B. Justo estaba lejos de representar una solución menos conservadora y, más bien tendía a reunirse, aunque más no fuera en ciertos diagnósticos culturales, con el europeísmo que campeaba en los sectores oligárquicos. Aunque, bueno, aun esto podría matizarse.

        En fin, la cuestión es tan subsidiaria al tema central del post que me da un poco de pudor haber llegado hasta aquí. Pero la mención a Ugarte me hizo saltar la alarma y quise tratar de reconstruir, aunque sea limitadamente, el contexto de discusión de la época, porque vistas desde la actualidad las cosas parecen de otro modo.

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  2. Si, lo estaba viendo. ¿No se puede borrar el segundo, en todo caso? No sé cómo funciona esto. Perdóná la locura, pero los obsesivos somos así. Gracias, en cualquier caso. También por tu respuesta. Carla

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