Breves apuntes sobre “Ave Fénix” de Christian Petzold

"Ave Fénix" ["Phoenix"] - Christian Petzold, 2014

“Ave Fénix” [“Phoenix”] – Christian Petzold, 2014

La última canción del disco The Age of Adz de Sufjan Stevens se titula “Impossible soul”. Se trata de una rapsodia o suite en cinco movimientos con una duración total de unos 25 minutos. Previo al lanzamiento de este álbum en 2010, podían ya distinguirse tres corrientes de experimentación musical en la carrera del cantautor. A grandes rasgos: un costado folk más despojado (A sun came, Seven Swans, partes de Michigan); otra vertiente que mantiene la base folk pero abundante en arreglos orquestales, muchas veces de tal densidad que ha llevado a varios críticos a emplear el término “barroco” para caracterizar la música (partes de Michigan, casi todo Illinoise y The Avalanche); y un disco electrónico repleto de disonancias y derivas, Enjoy your rabbit, el segundo LP de su carrera. Para The Age of Adz, Stevens retomó el camino comenzado y abandonado con aquella obra inspirada en el horóscopo chino, sustituyendo con electrónica chirriante la columna vertebral folk de sus discos anteriores, pero conservando los arreglos orquestales.

Volvamos a la canción que cierra el disco: los primeros veinte minutos recorren diferentes estados de ánimo, desde el melodrama hasta las ganas de entrarle al baile, y también diferentes empleos de la instrumentación electrónica, a veces con coqueteos noise y, en otras oportunidades, con un empleo del vocoder digno del más vulgar cantante pop comercial. Pero es el quinto y último movimiento —conocido como “Pleasure Principle”—, en los tres minutos finales, el que resalta. A simple vista, parece romper la lógica de la canción y del disco; junto a la guitarra eléctrica sin distorsión se intuye una guitarra acústica, ausente del resto de la obra. Pero, entonces, uno recuerda que la breve canción que abre el disco, “Futile Devices”, si bien no presenta el sonido de la guitarra acústica en el esqueleto de la composición, sí tiene un espíritu despojado y melancólico que se condice, casi en referencia circular, con los minutos finales.

El fragmento último de “Impossible soul” continúa los motivos del movimiento anterior con la repetición del verso “Boy, we can do much more together”, pero las exclamaciones corales, repletas de algarabía, que habían dejado lugar a un tono grave y sospechosamente sombrío en el interludio, se transforman en el susurro de la voz frágil del músico. Es una pieza bonita en sí misma, pero su efecto, su potencia emocional no es la misma si se la aísla de todo lo que vino antes. Es decir, la canción parece estar construida en pos de ese final, todos los movimientos tienden a preparar el terreno para la necesaria conclusión que, de esta forma, está lejos de ser impredecible o sorprendente (sin por ello quedar lastrada por la pesadez, en tanto se evita el golpe de efecto), pero cuyo impacto es lógico e inevitable.

Algo similar se intuye en Ave Fénix, la más reciente película del director alemán Christian Petzold. Su clasicismo ‘de época’, de todas formas, poco tiene que ver con el juego de paisajes sonoros cibernéticos propuesto por Stevens. Pero, como en “Impossible soul”, es difícil no considerar que toda la película está construida en pos de la breve escena final, de gran belleza en sí misma gracias a la magnífica interpretación que Nina Hoss hace de “Speak Low”, clásico con letra de Ogden Nash y música de Kurt Weill. Pero sin todo lo que ocurre antes, el impacto emocional no llega a ser ni tan profundo ni tan complejo. No se trata de entender la historia para comprender lo que ocurre en las postrimerías, sino de la descarga emocional que se produce, antes que nada, en el film y que, por cuestiones básicas del funcionamiento cerebral, conduce a esa forma elevada (y básica) de la comprensión que es la empatía.

Lo de Hoss es notable porque, en dos o tres minutos, desarrolla con delicadeza el trayecto emocional todo de su personaje. Cuando empieza a cantar, su esposo al piano, casi no puede encontrar ni su voz ni los versos de la canción, susurra con torpeza y timidez, y es desgarrador verla aparentemente imposibilitada de hacer aquello que la definía como artista. Sin embargo, de a poco se va soltando y, al final, ya a capella —su marido ha dejado de tocar tras percibir su terrible error— vuela como un ave vivificada por ráfagas de viento fresco, libre y esplendente —mas sustancialmente otra— ante la mirada estupefacta de sus antiguos conocidos.

Esta conclusión es, como en la canción de Stevens, lógica y predecible. Y aún así, también como en “Pleasure Principle”, es poderosa por su delicadeza, porque Petzold controla el relato clásico —aunque es cierto que una revelación cerca del final servirá como tímido golpe de efecto que no contribuirá a elevar la obra al terreno de lo magistral—, tan propenso a llevarnos hacia el cliché y la vuelta de tuerca programada de antemano, y sincera el relato: lo importante no está en los trucos para impresionar al espectador, está en la fidelidad a los personajes y sus almas que, así, no se convierten en meros instrumentos al servicio de un mecanismo de relojería.

Si toda la película está construida por y para este final, el centro está en cómo se presente y consiga la descarga de energía acumulada. En “Impossible soul”, el alma se desnuda en el despojo instrumental, en la vuelta al sonido material, terrenal. En Ave Fénix, mediante “Speak Low”, la protagonista se libera reconectándose, finalmente, según su más profundo anhelo, con su pasado, con aquella que ya no es pero de la que aún conserva algo vivo entre tanta traición, entre tanta muerte.

Phoenix 2

Ezequiel Iván Duarte

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