Oscars 2015: 2. Resaca (en foreign language)

El Oscar a mejor película en idioma extranjero ha guardado con frecuencia similitudes con ese otro canonizante premio septentrional que le indica al mundo qué (y cuándo) leer: el Nobel de literatura. La corrección política llevada a sus extremos, en donde la supuesta capacidad de un autor para pintar su aldea —y, mientras más periférico el artista, más “aldea” se le exige— se vuelve un factor aún más preponderante que su trabajo con materiales y formas. Por supuesto que esa “aldea” debe ajustarse a los conceptos a priori que desde esos centros de poder tengan sobre uno; o, por lo menos, ofrecer en cucharita de té una reflexión —humanista o misantrópica— acerca de la condición humana. De ahí las ganas de muchos críticos en leer metáforas de historias, situaciones sociales y actualidades políticas en cualquier film que llegue en un idioma distinto del propio. Y de ahí que instituciones como The Academy busquen adrede las películas que puedan ajustarse a esos criterios, ignorando en el proceso cosas como El caballo de Turín, demasiado extraterrestres como para satisfacer el aburguesamiento intelectual de algunos.

relatos

De Relatos Salvajes ya hemos hablado. Simplemente recordar que se trata de una película conformista que apenas se limita a enunciar o mostrar (o confirmar) un estado de cosas, jamás a discutirlo. Gran parte de la audiencia argentina ha encontrado en esa confirmación el placer que se produce cuando otro es capaz de expresar con precisión y elocuencia aquello que sentimos y pensamos. Explota las fantasías y deseos oscuros de mucha gente, pero sin provocar, sin acicatear la reflexión, sin cuestionar lo dado.

leviatán

Job(es)/Hobbes: Leviatán remite, sin dudas, con más facilidad al mito bíblico y a la filosofía política absolutista del pensador inglés que al extraordinario documental homónimo de Lucien Castaign-Taylor y Verena Paravel. Andrei Zvyagintsev expone su megalomanía: quiere contarlo todo, y somete a su protagonista, Kolya, hasta el paroxismo. Para conseguirlo, combina las inquietudes de sus tres primeros largometrajes, por lo que ahí está el recorrido Pasional y de aprendizaje —como en El Regreso—; la infidelidad marital —como en El Destierro—; la mujer sometida y sufriente en un mundo de machos brutos —como en Elena—. El que mucho abarca, poco aprieta.

Kolya es Job: un hombre justo, aunque movido por cierta hybris —la soberbia que demuestra en su más que razonable lucha contra la burocracia estatal; del mismo modo que Job se queja y hasta se enoja cuando le insinúan que sufre por haber pecado, y por ello es reprendido por Dios—. Satanás, en este caso, sería uno de los apéndices del Estado ruso, bajo control de un grupo de mafiosos encabezado por un alcalde corrupto, que quiere obligar a Kolya a malvender sus tierras para favorecer un emprendimiento inmobiliario.

En su obra magna Leviatán, Thomas Hobbes distingue una serie de leyes de la naturaleza que deben cumplirse para que haya república y para que el hombre no quede reducido al estado de guerra permanente, esto es, al estado de naturaleza. La decimoprimera ley trata de la equidad: el juez debe mediar con igualdad. Esta equidad está por completo ausente en el pueblo de Zvyagintsev, en tanto toda la maquinaria estatal está al servicio del sometimiento del individuo díscolo. En términos hobbesianos, entonces, la propiedad privada carece de protección, por lo que el poder coercitivo superior del Estado (evidentemente autoritario), en lugar de cumplir con su objetivo primordial, retrotrae al estado de guerra permanente. El hombre lobo del hombre.

En tiempo de guerra, dice Hobbes, “no hay lugar para la industria, ni cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los bienes, ni construcción confortable, ni artes, ni letras, ni cómputo del tiempo, ni sociedad”; afirmación que se condice con los paisajes desolados del film, subrayados en largos planos fijos de establecimiento, los edificios derruidos, el abuso del alcohol, el puerto abandonado, la osamenta de ballena, la aridez general.

Continúa el filósofo inglés: “Para que haya justicia o injusticia debe haber algún poder coercitivo que obligue igualitariamente a los hombres al cumplimiento de sus pactos por terror al castigo; y que haga buena la propiedad que los hombres adquieren por contrato mutuo, en compensación del derecho universal que abandonan”, esto es, el derecho a lo que es del otro, a todo lo que se pueda tomar por la fuerza. Este poder sólo existe en la República.

El hecho de que el conflicto central del Leviatán ruso se relacione con una disputa por la propiedad privada dice mucho. De ahí, puede colegirse la no existencia de una auténtica República o, en el mejor de los casos, una crítica velada al absolutismo propuesto por Hobbes: el poder coercitivo superior, absoluto, autoritario, se desvía con facilidad. El sarcasmo también parece alcanzar a la referencia religiosa: los sacerdotes ortodoxos son unos miserables, y Kolya termina convertido en un Job sin recompensa divina final, es decir, sin ‘compensación’ alguna por su Pasión. El tufo morboso y sensacionalista no se hace esperar, aunque, a favor del director, hay que decir que la reacción de las autoridades rusas, tanto estatales como religiosas, que han censurado el film, parece darle la razón.

mandarinas

El humanismo pueril de Mandarinas la ubica en las antípodas de Relatos Salvajes y de Leviatán. Se propone como cuento moral antibélico de gran corazón —y de manual— pero que no aporta nada que ayude a entender el conflicto abjasio en particular o la guerra en general como estado de convivencia entre los hombres. Como el film de Szifron, trabaja confirmando una realidad —el carácter atroz de la guerra; que detrás de las diferencias aparentes somos hermanos e iguales—, hecho remarcado por la imposibilidad de distinguir a simple vista o, incluso, a simple oída, el bando al que pertenece cada soldado, situación que, en una primera ocasión, permite la salvación de uno de ellos al hacerse pasar por quien no es, pero luego se transforma en tragedia cuando el otro no puede convencer a una patrulla de su verdadero origen.

En definitiva, una tragedia nacional (o regional) de repercusión internacional presentada desde la más absoluta corrección política y sin la más mínima intención de incomodar las certezas del interlocutor. El instructivo del film oscarizable.

Ida 1

Ida. La gran ganadora. Merecida. Interjección: no, no es una obra maestra. Ni por asomo. No escapa al cálculo del mainstream indie. Planos fijos, encuadres con mucho aire sobre las cabezas de unos personajes que así se abisman, el blanco y negro tan caro al cine de Europa del Este, laconismo, sentido de la desesperación (cierto estereotipo del europeo oriental). Conflicto de identidad: a punto de ordenarse como monja, la protagonista descubre que su nombre es otro y que es judía. Esto en la década del sesenta.

No deja de introducir una (pequeña) variante respecto a las historias de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Formas de procesar el dolor: el suicidio y la elección de la fe porque, tras enterarse de su origen, la protagonista puede elegir salir del convento. Desde ese momento, convertirse en monja deja de ser una imposición de las circunstancias y pasa a ser una elección, una forma de ponerse de pie ante una herencia trágica de persecuciones sostenidas en el odio a una supuesta esencia étnica. Yo soy más de lo que los otros han hecho de mí. La carne está corrompida, no es una posibilidad. En Ida hay un ligero, sutil desprecio por lo gris terrenal, material. Delicado desprecio. Frente a la brutalidad boba de la que, todo indica, fue su principal rival en el evento, Leviatán; y la del ‘caballo negro’, Relatos Salvajes, es un mérito.

timbuktu 1

Debo Timbuktu, de Abderrahmane Sissako, primera película mauritana en ser nominada a estos premios. Les dejo una crítica muy favorable de Manu Yáñez Murillo y otra no tanto de Roger Alan Koza, quien también habla de las otras nominadas, sin dudas con mayor elocuencia e inteligencia de la que encontrarán jamás aquí.

Ezequiel Iván Duarte

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