LECCIÓN DE MUERTE

La siguiente es una tradución al castellano del tercer capítulo de Every night the trees disappear (o Cada noche los árboles desaparecen) de Alan Greenberg. El libro fue publicado originalmente bajo el nombre Heart of Glass (o Corazón de Cristal) en 1976. Se trata de un racconto de la experiencia de Greenberg como asistente del rodaje del film homónimo de Werner Herzog, reconocido por ser una de las obras más extrañas del director alemán, filmada empleando actores no profesionales bajo los efectos de la hipnosis; e incluye la transcripción del guión y, en esta versión, revisada y reeditada con un nuevo nombre por Chicago Review Press en 2012, las fotografías tomadas por el autor en el set.

La página de Wikipedia de Greenberg informa de su deceso el 27 de enero de este año a los 64 años. Extrañamente, no pude encontrar otra fuente que lo confirmara, ni siquiera en IMDb, que parece tener su perfil erróneamente dividido en varias entradas. Ojalá fuera otra equivocación de “La Enciclopedia Libre“. Si no, que esta humilde traducción sea un homenaje. (E.I.D.)

Every night the trees disappearA la mañana siguiente, temprano, Herzog me recogió para ir a buscar locaciones con él y Walter Saxer, su amigo de toda la vida y jefe de producción. Buscado en tres países por fraude de pasaportes, Saxer era un mono recio, un suizo que, de chico, comió cabezas de insectos para conjurar el hambre. En las afueras del pueblo, Herzog entró al estacionamiento de un complejo de departamentos moderno. Con el motor encendido, fue a la parte de atrás de la furgoneta junto a Saxer, levantó el asiento trasero y tomó dos rifles. Dijo que iba a ver a un productor que le debía dinero; luego, me hizo sentar en el asiento del conductor y me dijo, a mí, el joven extranjero que apenas conocía, que estuviera listo para partir de inmediato ni bien regresaran. Después de que Herzog forzara la cerradura de la puerta del productor sólo para encontrar vacío el lugar, nos fuimos a buscar durante todo el día lugares adecuados para filmar en la Baja Baviera.

De regreso, Herzog se detuvo en la casa de un pescador en Vilschofen, donde sacó un enorme lucio del tanque para la cena. Cuando la hija del pescador trituró el cráneo del lucio con un mazo, Saxer chilló de placer. Cuando lo aplastó con otro golpe por si las dudas, salió corriendo al patio y bailó, lleno de júbilo.

Al día siguiente, mientras volvía caminando a casa del mercado en el centro de Múnich, una paloma voló contra el costado de mi cabeza. Cuando llegué al departamento, el teléfono sonaba.

“Esta noche conduciré un experimento de hipnosis”, dijo Herzog, “me gustaría que vinieras.”

Mencionó haber puesto un aviso clasificado para voluntarios en los diarios locales, y de aquellos que respondieran, seleccionaría actores para la película. Luego, Herzog mencionó que la sesión tendría lugar cerca, en Ainmillerstrasse.

“Sólo presiona el botón donde dice ‘Lección de Muerte’”

¿O era “Reducción de Muerte”?[1]

Pasó un momento laborioso; entonces Herzog volvió a llamar. Habían cambiado los planes: la sesión tendría lugar en un restaurant italiano.

En la parte de atrás de la trattoria, Martje Herzog me susurró que su marido deseaba conversar conmigo antes del comienzo de la sesión. Nos acurrucamos en un nicho, donde Herzog comentó que quería explicar el acercamiento sin precedentes a la realización de su nueva película.

“Primero que nada”, comenzó, “lo más importante: los espectadores no necesitan conocer esto en absoluto, pero cada uno de los actores de esta película estará bajo los efectos de la hipnosis. Esto se hará por razones de estilización y no por razones de manipulación total. Mi propósito no es ‘dejar que bailen las marionetas’. En tanto nos fascina ver gente en la pantalla como nunca antes la habíamos visto, este uso de la hipnosis podría brindarnos acceso a nuestro estado mental interior, empezando desde una nueva perspectiva. Uno debe referirse al film The Tragic Diary of Zero the Fool de Morley Markson, que fue realizado con el grupo de teatro de un loquero en Canadá; y a otra película, Les Maîtres Fous, rodada en África en 1955 por Jean Rouch. En este film, algunos trabajadores ghaneses ingieren pociones alucinógenas y recrean las llegadas del gobernador inglés y de la Reina. Ésa es una película que hace que el corazón de uno se detenga en la sala.”

Hizo una pausa para asegurarse de que estuviera tomando nota. Entonces, Herzog bajó la voz y me llevó a un rincón.

“La situación en el rodaje —y no quiero minimizar esto— será, ante todo, experimental, aún si hacemos algunos experimentos preparatorios por seguridad.”

Su tono se oscureció. Quería ser comprendido. “El film pretende comunicar una atmósfera de alucinación, de profecía, de lo visionario y de la locura colectiva que coalesce hacia el final. La hipnosis es, de hecho, un fenómeno ordinario, pero está rodeado de un aura de misterio debido a que la ciencia no nos ha provisto con explicaciones suficientes para él. La hipnosis es practicable, semejante a, digamos, la acupuntura, pero no sabemos lo bastante acerca de las dinámicas fisiológicas del cerebro involucradas en ambos fenómenos.

“La hipnosis no tiene nada que ver con un poder demoníaco dado al hipnotizador —aún si los hipnotizadores en las ferias del condado habrían querido hacernos creer eso—, sino que, más bien, tiene que ver en general con la auto-hipnosis, la cual es asistida por los hipnotizadores mediante fijaciones mentales y rituales discursivos. Uno sólo puede sacar de la persona aquello que ha sido programado en ella con anterioridad. Es verdad que podemos observar logros físicos extraordinarios, pero tales logros también serían posibles gracias a una movilización extrema de la voluntad, sin hipnosis. Más allá de eso, nada es posible.

“Hemos, por ejemplo, sugerido a varias personas bajo hipnosis que eran actores particularmente dotados y que recitarían un texto memorizado de forma dramática y brillante. El resultado en todos los casos fue amateur.

“Durante nuestras pruebas, hasta ahora, notamos las siguientes condiciones fundamentales: la gente bien hipnotizable permanece en su sueño hipnótico aún con los ojos abiertos. Pueden orientarse en la habitación. Pueden establecer contacto con otra gente que también está bajo hipnosis. A menudo, esto produce un efecto muy extraño e irreal. Bajo hipnosis pueden representar escenas y recordar diálogos que han sido memorizados con anterioridad. Pueden sentir un calor inexistente tan intensamente que comienzan a sudar. Una persona hipnotizada puede hablarle a una segunda persona imaginaria, y dos personas hipnotizadas pueden hablar con una tercera persona imaginaria. La sincronización de los movimientos y el discurso es con frecuencia muy peculiar.

“¿Estás entendiendo todo?”

Asentí y le mostré mis notas.

“Bien. Estamos en un contexto histórico aquí. Tu también tendrás que rendir cuentas.”

Tenía más para decir. “La gente hipnotizada puede cantar y tocar instrumentos musicales. También podrías concebir toda una orquesta con instrumentos imaginarios. Lo que es más, es un hecho demostrado que se puede rodar un film con gente hipnotizada; no se despiertan a causa de las luces o de los reflectores o a causa de la actividad a su alrededor. Más tarde, hay por lo general un vago recuerdo de lo acontecido bajo hipnosis, en buena medida de la misma forma en que la gente puede recordar, en mayor o menor medida, los sueños de la noche.

“Así que, entonces, ¿para qué sirve todo esto? Está la búsqueda a tientas de imágenes nuevas —molinos de viento en Señales de vida, visiones oníricas en Kaspar Hauser, espejismos vivientes en Fata Morgana— y la búsqueda a tientas de conocimiento nuevo acerca de nosotros mismos. Este intento de volver transparentes los estados internos desde una perspectiva determinada se hace realidad en esa suerte de horrorosa visión pesadillezca que es También los enanos empezaron pequeños —allí, los enanos son una esencia, una forma concentrada de aquello que constituye al hombre—; en estados extáticos, como en El gran éxtasis del escultor de madera Steiner; y en el estado de no participación en la actividad social, como el de los chicos nacidos sordos, mudos y ciegos de Tierra de silencio y oscuridad, y el del huérfano obligado a vivir por años en un establo —Bruno S. en El enigma de Kaspar Hauser—.

“Debe mencionarse que, en todas las instancias, ninguna de las personas en estas películas es deforme, ni siquiera los enanos. Son los objetos los que son monstruosos —las formas de represión, los modelos educativos, los modales en la mesa. En ninguna de las personas la identidad se ve mutilada—, sólo se presentan a sí mismos en un nivel estilizado. Así debe ser también en este nuevo film: las identidades no deben tocarse. No deformo, estilizo para conseguir una nueva perspectiva.”

Corazón de cristal 1Setenta personas se habían sentado en el salón del fondo del restaurant. Todos se habían ofrecido para la sesión tras responder al aviso clasificado, el cual no explicaba nada salvo lo mínimo: que un experimento de hipnosis tendría lugar con el propósito de seleccionar actores para tomar parte en la realización de un film. El nombre de Herzog no había sido incluido.

Un amplio espectro de personalidades se hallaba presente. Había viejos y jóvenes, estudiantes y jubilados, bávaros, hessianos, sajones y semitas. Un tipo alto, desgarbado, de pelo lacio, nariz recta y ojos sin vida. Una mujer joven y dulce sentada solemnemente como una Madonna de Perugia con su larga pollera, blusa de muselina y chal blanco. Un hombre de mediana edad luciendo anteojos demasiado grandes, que parecía una reliquia del siglo dieciocho con sus ojos pequeños y brillantes, rostro enjuto, nariz afilada y una melena que se desplomaba hacia atrás como un pompadour fallido. Otro anacronismo: un estudiante angelical de Colonia, un joven bello de frente redonda, principesca, coronada por una red de cabellos dorados. Y, al frente, sentada debajo de Herzog, una mujer morocha, abundante en carnes, probablemente italiana, sus ojos seductores, sus labios aún más; sus pechos grandes, ostentosos; su figura, voluptuosa. Era una actriz buscando trabajo.

El nombre del hipnotizador a cargo era Thorwald Dethlessen. Dio un paso adelante y pidió silencio y atención. Entonces, levantó su mano y les dijo a todos que se estaban sintiendo muy relajados, como a flote en una nube, y que todo era como el sueño más dulce. El hipnotizador interpretó un canto rítmico, las palabras pulsaban en sutil rima repetitiva, de forma similar a las viejas prácticas religiosas ortodoxas o a la declamación apropiada de la poesía.

Con un movimiento de cabeza, Dethlessen le indicó a Herzog que la hipnosis había tomado control. En ese momento, el cineasta les ordenó a los sujetos en trance que se miraran a los ojos y que percibieran los paisajes que allí encontrarían. Pidió que le contaran lo que estaban viendo.

La Madonna habló primero. “Veo el bosque más encantador”, susurró, “con cada tipo de planta y árbol, y cada tipo de ave que jamás haya volado, y cada día los árboles cambian de lugar, de modo tal que el bosque nunca es el mismo. Y cada noche los árboles desaparecen por completo, y sólo permanecen las aves dormidas. Y las aves dormidas son protegidas por los animales más maravillosos, que merodean por todas partes y son increíblemente amables.” Sonrió sólo para sonreír.

El muchacho de Colonia siguió. “Veo un extenso valle. Está hundido, con un gran río que corre en el fondo. Y los márgenes de este valle están conectados por un puente elegante, un puente que puede elevarse y bajarse de acuerdo a la necesidad, como cuando llega la niebla y flota en lo bajo, y la gente trata de cruzar el valle hacia el otro lado, o cuando un arco iris oscurece parte del cielo.”

Cuando se le preguntó por su visión al bobo desgarbado, trató de responder, luego hizo una pausa. Tras unos cuantos largos minutos de silencio, era claro que no tenía nada que decir. Herzog le pidió que levantara el brazo, diciéndole que no pesaba nada y que era capaz de permanecer suspendido en el aire. Prontamente, el brazo del sujeto ascendió y quedó colgado junto a la oreja.

El hipnotizador dio un paso adelante y continuó su canto para reforzar el hechizo. De toda la gente que atendía a sus sugestiones, aproximadamente dos tercios estaban hipnotizados. El canto procedió con cadencia continua, sencilla, con ritmos persuasivos que se dispersaban, luego se reunían, ganando así un ímpetu positivo. Los tonos de las palabras que pronunciaba estaban determinados por los sonidos a y e fuertes, alternados con vibrantes alveolares y ooo gutural.

Cuando se apagaron las luces, se dijo a los sujetos que el film que estaban a punto de ver no se parecía a nada que hubieran visto antes. Sería una visión mágica, exquisita de la vida, con rara y sublime música. Un proyector chisporroteó y Fata Morgana de Herzog apareció en la pantalla. Primero, el plano fijo inicial de un avión monstruoso aterrizando en cámara lenta sobre una pista lejana, visto de forma telescópica a través de vapores gaseosos, con un reyezuelo vigilante posado en una cerca en primer plano. Una y otra vez se repitió la misma imagen; una y otra vez el avión descendía lenta, mesméricamente. Después, el desierto: un largo plano secuencia rodado a través de las más sensuales dunas imaginables. Surgió una misa de Mozart. En la primera fila, un ama de casa contuvo la respiración, asombrada, las manos apretadas en el pecho. Detrás de ella, un joven libanés se torció, tenso, los ojos bien abiertos; se inclinó hacia adelante, un poco más, tratando de introducirse en la imagen.

Corazón de cristal 2

Para el ejercicio final, Herzog asumió el rol de hipnotizador. Les aseguró a los sujetos que se sentían muy, muy bien; luego, les pidió que propusieran cualquier invento que pudieran imaginar. Herzog me agarró y señaló al tipo del pompadour, que estaba en el piso, las manos extendidas una pulgada por encima de la superficie. Habló, por completo maravillado.

“He inventado un dispositivo magnífico que puede utilizar la tensión infinita entre nuestros cuerpos y la tierra”, reveló.

Herzog murmuró que este hombre, alguna vez, había estudiado para convertirse en sacerdote, pero que ahora asistía a la escuela de teatro. Finalmente, se levantó del piso y miró a su hipnotizador de modo penetrante, los labios delgados retorcidos en una horrible sonrisa afectada.

Herzog sacó a sus sujetos del encantamiento. Sonrieron con timidez, estiraron los brazos y se restregaron los ojos. Luego, dejaron sus nombres y números de teléfono y se marcharon. La última persona en la habitación era la actriz italiana, la cara empapada en lágrimas y embarrada en rímel.

“Estoy tan triste”, gimió en un susurro velado. “Mi vida es tan triste, tan triste. No quiero vivir así.”

De camino a un café cercano por una cerveza, Herzog estaba entusiasmado por la sesión de hipnosis. Declaró que ahora estaba seguro de que la hipnosis funcionaría en la realización de la película. De hecho, había decidido llevar adelante él solo el procedimiento de hipnosis, sin que el doctor Dethlessen ni ningún otro hipnotizador estuvieran presentes.

Entonces, reflexionó acerca de su involucramiento con la hipnosis. “Es un interés antropológico que tengo. Bajo hipnosis, lo relativo a una persona se vuelve más obvio, no debido a mi poder, sino al de la persona. Se dirige a lo profundo de su condicionamiento. Como actor, no emplea su máscara.

“Mi objetivo es siempre descubrir más acerca del hombre mismo, y el cine es mi medio. Por su naturaleza, el cine no tiene tanto que ver con la realidad sino con nuestros sueños colectivos: el cine hace una crónica de nuestro estado mental. El propósito del cineasta es registrar y guiar, tal y como los cronistas hicieron en siglos pasados. Mi tarea supone una especie de alquimia para alcanzar la vida real, para permanecer abierto a los signos o a las señales de vida. Y mis crónicas tratan a menudo del conformismo que deforma el alma.”

Surgió el tema de Hamlet de Shakespeare. Terminando una cerveza negra, Herzog comentó que conocía un actor capaz de hablar a tal velocidad que podía recitar el famoso soliloquio de la obra en once segundos. Se inclinó hacia adelante y, con absoluta convicción, afirmó que debía hacerse una nueva versión de la obra, empleando una troupe real de actores del interior capaces de hablar tan rápido que la presentación de Hamlet duraría menos de quince minutos. Lo decía en serio: sería una buena película, aseguró.

Mientras nos dirigíamos de vuelta a la furgoneta, en un callejón, un perro callejero saltaba y se sacudía con violencia en la nieve. Gañía de forma estridente y mostraba los dientes dando mordiscos a su enemigo. Pero no nos prestó atención, y no había otro animal o humano en las cercanías.

De regreso, Herzog lamentó la cantidad de cerveza que había consumido, diciendo que bastaba con un vaso para emborracharlo.

“Nunca probaría marihuana”, reconoció. “El resultado sería aterrador.”

Corazón de cristal 3

[1] Greenberg duda si Herzog le dijo “Death Lesson” (“Lección de muerte”) o “Death Lessen”, donde “lessen” significa reducir, menguar o aminorar. La paronimia original se pierde mayormente en la traducción. Veremos después que el cineasta se refería a un tal Thorwald Dethlessen, experto hipnotizador.

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