Naturaleza y Metáfora. Adiós al lenguaje. Godard. 3D.

"Adiós al lenguaje" ["Adieu au langage"] - Jean-Luc Godard, 2014

“Adiós al lenguaje” [“Adieu au langage”] – Jean-Luc Godard, 2014

No resultó Adiós al lenguaje, como algunos esperaban (o, más precisamente, deseaban), un giro sorprendente en la carrera de Jean-Luc Godard, como quizás lo fueron en su momento Numéro Deux y luego Sauve qui peut (la vie). Se trata de una pieza más en el proyecto estético del ´Godard tardío’ cuyo origen suele posicionarse en el largometraje de 1980 antes mencionado, que lo trajo de vuelta y de forma definitiva a la ficción (enrarecida por el ensayo). Y no es casual que la recepción del film no haya encontrado prácticamente punto medio: ante un rechazo en general atravesado de tilinguería, muchos de sus defensores han optado por la exageración de ver en él un fenómeno sorprendente en su gloria, como si Godard no viniera, desde hace tiempo, explorando estos mismos tópicos, estas mismas formas, estas mismas inquietudes. Lo que Adiós al lenguaje introduce, entonces, es una variación sobre un recorrido establecido y conocido, no un golpe de timón, ni siquiera una gran novedad.

Que no se malinterprete esta toma de posición como una postura (algo) desdeñosa frente a la película. De ningún modo. Tampoco se trata de subestimarla. Simplemente, se intenta ubicarla en la historia de un cineasta que hace tiempo ha encontrado una zona de inconfortable confort —si se permite el juego de palabras algo tonto (y, tal vez, godardiano)—, una serie de técnicas, de ‘trucos’, si se quiere, para acicatear, para descolocar, para llamar la atención sobre la domesticación de la percepción.

Y si hay un elemento notable en Adiós al lenguaje, una novedad, es el empleo del 3D. Hasta la fecha, el 3D había sido utilizado, básicamente, de una forma similar a cómo los grupos de rock han empleado históricamente las orquestaciones de cuerdas: para otorgarle mayor ampulosidad y sensualidad a las imágenes, para intensificar su caudal de ‘realidad’. Era de esperar, entonces, que al cine le llegara su Jonny Greenwood: en su último largometraje, Godard apela al 3D como un nuevo juguete —y el empleo de este término no es casual, dado el carácter profundamente lúdico y joven que se desprende del trabajo (¿Sería ir muy lejos el catalogarlo de comedia?); el octogenario realizador no parece estar realmente cansado, ni vencido, ni haberse vuelto un cínico amargado (pese a que cierto cinismo siempre ha tenido lugar en su humor)— que le permite amplificar —más que inventar— viejas búsquedas en el trabajo con la imagen y el sonido.

Godard siempre ha manipulado sus materiales para llamarnos la atención sobre el carácter relativo de aquello que consideramos dado a través de los sentidos. Si es uno de los cineastas más grandes de la historia es, en gran medida, por la consistencia con la que ha estimulado al espectador para que, al menos, contemple la posibilidad de que el mundo pueda elaborarse de una forma distinta. Y como buen estimulante, ofrece más fracturas e impulsos que respuestas elaboradas —de ahí la frustración de sus detractores ante tanta fragmentación y falta de linealidad, malentendida como arbitrariedad e incapacidad narrativa—. Godard como coadyuvante: nos señala la posibilidad de un entendimiento distinto del mundo, pero no crea ese mundo, no inventa un nuevo relato, nos abre el camino y nos exige la creación a nosotros.

Adieu au langage 3

Es lógico, de este modo, que el 3D de Godard nos haga saltar los ojos de las órbitas en más de una ocasión. Es que, en un par de escenas claves, se atreve a ofrecernos más imágenes de las que físicamente podemos procesar. Y si, como estableció Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, el director parece decirnos que el juego radical con el lenguaje —en este caso, visual— es la esperanza de la transformación, pero también de la reconciliación y del descubrimiento de un universo que puede ser distinto, que puede tener otros límites, si es que acaso podemos desanquilosar nuestro lenguaje. Adiós al lenguaje es, así, un cúmulo de esperanza.

Llegamos, de este modo, al contrapunto que Godard propone entre la perra Roxy —una ternura— y la pareja humana encarnada por Héloise Godet y Kamel Abdeli —Josette y Gédéon—. “No existe el desnudo en la naturaleza”, sentencia la voz en off. “Naturaleza” es una de las palabras clave propuestas, casi como título de una parte —fragmentaria, esparcida— del film. El otro término que se reitera en los intertítulos es “Metáfora”. A partir de aquella frase se comprende mejor la desnudez omnipresente de la pareja. Sus pieles grises, sus flaccideces, sus vellos caóticos e irregulares… ¿Intenta Godard señalarnos que el ser humano se ha degradado en su pretensión de separase de la naturaleza —¡Oh, el ego filosófico!—? ¿O que no lo ha conseguido, más allá de las intenciones? ¿O ambas cosas? Porque hay algo desubicado en el desnudo humano, es decir, sólo el ser humano puede estar verdaderamente desnudo. La desnudez de Roxy no es tal, ella no pretende separase de la naturaleza.

En otros momentos, Josette y Gédéon charlan —filosofan— mientras éste defeca. Luego vemos a Roxy deponer en los arbustos. “La caca nos iguala”, afirma uno de ellos. La caca —la pedorreta en el inodoro, el olor que se intuye por medio del sonido— recuerdan nuestra inevitable condición de seres en la naturaleza. Pero, no es casual, lo que en Roxy no sorprende, no shockea, sí nos choca al ser mostrado en humanos.

Aún hoy en día podrían encontrarse quienes nieguen a los animales la posesión de un lenguaje. Pero si hay algo que distingue a los hombres del resto de los integrantes del reino animalia es su capacidad de articular el tiempo, esto es, de que su lenguaje exceda los límites generacionales y espaciales de su propia fisicidad (incluida la genética), mas no la posesión de un lenguaje per se. ¿Cómo podríamos aprehender la experiencia del mundo de un animal? ¿Alcanza con analizar minuciosamente sus sistemas nerviosos, sus órganos perceptivos? Godard encuentra en los ojos grandes, redondos, dulces de su perra un límite lleno de interrogantes, como lo encontraba Krzysztof Zanussi en la bóveda craneana del monje y en el cerebro intervenido quirúrgicamente en Iluminación. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. También, “todo lenguaje es metafórico”. Entonces, el mundo de Roxy es un más allá, una alternativa —¿inalcanzable? Godard deforma, enrarece los materiales de la naturaleza con su empleo de la estereoscopía, pero no deja de tratarse de la mirada humana y de la metáfora humana…—; en el lenguaje de Roxy, en su mirada impenetrable se intuye un límite que configura otro universo a partir de la misma naturaleza que nos une, que nos hermana. La despedida explícita en el título, entonces, debe tomarse con más sentido de la aventura que melancolía.

Adieu au langage 2

Ezequiel Iván Duarte

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