Fuegos fatuos

"El Gran Gatsby" ["The Great Gatsby"] - Baz Luhrmann, 2013

“El Gran Gatsby” [“The Great Gatsby”] – Baz Luhrmann, 2013

El placer de la pirotecnia atraviesa generaciones, clases sociales y países. Ante un acontecimiento digno de ser festejado, cualquier cosa que produzca un ruido ensordecedor es deseada y admirada. Curiosa costumbre de nuestra especie la de sentirnos atraídos por la perturbación, por el daño.

Este goce en el bochinche y las luces brillantes —como las grullas que se arrojan sobre las llamas en los incendios forestales, hipnotizadas por el fulgor— parece trasladarse más allá de los espectáculos de fuegos pirotécnicos o del mero petardismo —disparos al aire incluidos— en las calles del barrio. La sobresaturación del encuadre visual y sonoro en el cine, el vértigo de las acciones en el plano y del montaje, nos llevan a percibir lentitud, falta de substancia y consecuente aburrimiento ante propuestas que apenas se alejan de los códigos dominantes.

El límite, a veces difuso, entre ruido y música. En El Gran Gatsby, Baz Luhrmann recurre a la pirotecnia visual que ya caracterizaba Moulin Rouge! Es pastiche de costume drama y hip-hop donde tanto la reconstrucción de época como el evidente anacronismo con el que está imbuida no tienen otra meta que la pose pop con el fin de favorecer la ‘llegada’ al público contemporáneo de acontecimientos pretéritos.

En el mismo sentido construye los personajes del film, quienes quedan relegados a favor del artificio visual. Al mejor estilo del cine más tradicional y conservador, los personajes secundarios, en su unidimensionalidad, funcionan apenas como tributarios del personaje central, único que parece contar con algún matiz, aunque es materia de discusión cuánto se debe a la estructura del guión y cuánto a la interpretación de Leonardo Di Caprio.

Contrástese con la obra de Derek Jarman. Acusado muchas veces, como Luhrmann, de posmoderno, en el sentido más peyorativo del término; en sus mejores momentos, el cineasta londinense apela al pastiche y el anacronismo con el fin de trazar un puente entre pasado y presente de implicancias políticas más que cool y comerciales.

"Eduardo II" ["Edward II"] - Derek Jarman, 1991

“Eduardo II” [“Edward II”] – Derek Jarman, 1991

Así, en Eduardo II, Jarman combina vestuarios y elementos escenográficos de principios del siglo XIV, de finales del siglo XX y de una abstracción que remite a una época indeterminada y trastoca los acontecimientos históricos para hablar de una cuestión contemporánea: la homofobia en la Inglaterra —y en tantas otras partes— de la década del 80 —o de cualquier década en la que el desprecio a las personas por su orientación sexual tenga lugar— y la consecuente lucha por el respeto y el reconocimiento de derechos.

Escribíamos aquí que en Relaciones de clase, adaptación de la novela América de Franz Kafka, Danièle Huillet y Jean-Marie Straub empleaban anacronismos para conectar el mundo del autor con el propio contemporáneo como parte de un mismo proceso, la “civilización industrial”. Se procede de este modo a desfetichizar la Historia, la ambientación de época es desprovista de su potencial vintage y es traída a la actualidad; el peso de la Historia que repercute y determina el presente se materializa en ciertos objetos de la puesta en escena.

En Jarman ocurre, al menos por momentos, algo similar. Eduardo II renuncia a la precisión (de la reconstrucción) histórica no por torpeza o por desprecio a cómo se dieron los acontecimientos en realidad —es más que factible que la homosexualidad estuviera lejos de ser el único factor que llevó a la destitución y posterior ejecución del rey—, mucho menos para que el film sea más viable desde el punto de vista del marketing, sino porque al director le interesa hablar más de cuestiones del presente que de las vidas de Eduardo y de su amante Piers Gaveston propiamente dichas. Por eso se atreve a modificar los hechos, por el bien de la alegoría; el Eduardo de Jarman no es la personalidad histórica anquilosada sino un hombre que se proyecta a esta era.

¿Podrían trazarse paralelismos entre las vidas de los personajes de El Gran Gatsby y las de los ciudadanos estadounidenses —y de otras partes del mundo— del presente? Seguramente; cuando una obra es considerada magistral lo es, en gran medida, por su capacidad de interpelación a lo largo de las generaciones. Pero cuando Luhrmann emplea la música que emplea, el vestuario que emplea, los resplandecientes efectos de computadora que emplea, no lo hace con la intención de construir ese puente entre los Estados Unidos de la prohibición y la Norteamérica actual. Mucho menos para desarrollar la vigencia de unos temas universales que estarían presentes en la novela de Francis Scott Fitzgerald. No hay nada en el discurso del Gatsby del director australiano que busque decir algo sobre nuestro tiempo o sobre la condición humana general —al menos, en este último caso, no algo que no sea pueril—. Lo que hay es nostalgia y romantización, fuegos pirotécnicos para embobar, kitsch porque se ve espectacular y bonito.

 

Ezequiel Iván Duarte

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s