Esfera de poder (o, Barbarie y barbarie): “Es difícil ser un dios” de Aleksei German

"Es difícil ser un dios" ["Trudno byt bogom"] - Aleksei German, 2013

“Es difícil ser un dios” [“Trudno byt bogom”] – Aleksei German, 2013

¿Qué decir ante una experiencia organoléptica tan extrema como la que propone Es difícil ser un dios? Por cuatro décadas tuvo en bateas Aleksei Yurievich German (pronúnciese Guierman) el proyecto de adaptar la afamada novela de los hermanos Arkadi y Borís Strugatski. No es sorpresa la demora en un cineasta que filmó muy esporádicamente y que padeció la censura soviética en reiteradas oportunidades. En 2000 comenzó el rodaje que no concluyó hasta 2006. La post-producción, sobre todo por el complejo trabajo con el sonido, duró hasta después de la muerte del director en 2013. Su esposa e hijo, Aleksei Alekseivich, terminaron el trabajo.

No faltarán los críticos que, siguiendo una tendencia de moda sobre todo en los países anglosajones del ‘primer mundo’, leerán al film como una alegoría de la situación sociopolítica actual de Rusia: para estos críticos, cualquier película oscura proveniente de un universo lingüístico —y económico— diferente es una metáfora de una sociedad igualmente escabrosa. La interpretación podría, quizá, sostenerse si uno no tuviera la seguridad de que sus principales enunciadores incurren en una petición de principio.

German está más allá de la coyuntura. La puesta en forma es de una fisicidad extraordinaria que lleva aún más lejos las búsquedas estéticas consolidadas en su largometraje anterior, ¡Jrustaliov, el auto! La cámara a la altura del hombro sigue de cerca en largos planos secuencia las andanzas de don Rumata, un terrícola enviado junto a otros colegas antropólogos a un planeta también habitado por seres humanos pero que no han ‘evolucionado’ más allá del Medioevo. ¿El objetivo? Hacerse pasar por nativos para investigar a los sujetos-otros interviniendo lo menos posible en el desarrollo de su historia. Pero el proyecto no parece ir por buen camino.

Una primera dificultad que plantea el film es el carácter abstruso de la narración: si no se está familiarizado al menos con la sinopsis de la novela de los Strugatski, se vuelve muy difícil comprender la historia. El narrador da varios indicios al comienzo, pero es el espectador quien debe —si puede— reconstruir la base del relato. Si en ¡Jrustaliov…! todavía existía, entre la deriva, la falta de explicaciones y la multiplicidad de personajes, una línea argumental que se abría paso a merced, en gran medida, a su fundamento en un acontecimiento histórico preciso; en Es difícil ser un dios el director parece favorecer como nunca una experiencia sensorial —intelectual sólo en un nivel abstracto— por sobre una experiencia tradicionalmente interpretativa.

Es difícil ser un dios 3

German se consagra aquí como un maestro del plano abigarrado y la puesta en escena de 360 grados (o casi). Las escenas, aún más las de interiores, están saturadas de objetos, personas, animales y sucesos simultáneos. La cámara se mantiene pegada a los personajes, contribuyendo a la claustrofobia en la acumulación de capas: en primerísimo primer plano se interponen todo el tiempo elementos que cuelgan de los techos —cadenas, embutidos, lobos muertos, bolsas—; cabezas que van y vienen y que, con frecuencia, miran a cámara; pájaros en vuelo —sobre todo palomas—; lanzas, espadas, cacerolas y utensilios varios llevados por los personajes. En la siguiente capa, se encuadran los personajes centrales de la escena y, más atrás, el ir y venir, el ajetreo constante. Lo interesante es que la cámara está casi siempre en medio del lío y llega a chocarse contra todo lo que se le interponga. Por esta razón, la ‘cuarta pared’, simbólicamente el lugar del espectador, en locación el del equipo de filmación, se ve alterada: cuando un personaje mira o habla directamente a cámara no necesariamente —no solamente, no sobre todo— se dirige a la audiencia, sino también a los demás personajes que quedaron detrás de cámara y que no son recuperados en contraplanos, sino que, fuera de campo, participan en la escena y que, de manera intermitente, vuelven a entrar o ingresan por primera vez al campo interponiéndose en primerísimo primer plano. Así, ‘detrás del espectador’ no se rompe el universo, todo continúa como si la cámara lo mostrara, lo que nos lleva a un hiperrealismo, lo que genera un efecto esférico —diríamos, por extensión, ecuménico.

Por si fuera poco, el sonido, post producido con un grado de depuración tal que cada roce metálico, cada escupitajo, cada pisotón o manotazo en el barro se destaca y retroalimenta con la imagen, aunque por momentos el carácter heteróclito de ésta hace que se escinda, contribuyendo a alterar —a bifurcar— la percepción —y a dificultar la aprehensión.

Es difícil ser un dios 7

Es difícil ser un dios 4

El universo retratado por German también constituye una profundización de ciertos tópicos ya presentes en ¡Jrustaliov…! Los pacientes psiquiátricos, y los delincuentes que ultrajan al doctor Klenski en este film, en su misma fisionomía, reaparecen como habitantes de Arkanar, sobre todo en los cuerpos rapados y encadenados de los esclavos.

Pero, nuevamente, en Es difícil ser un dios todo es llevado al extremo: los personajes escupen y moquean todo el tiempo, hacen morisquetas, la suciedad es omnipresente, también el hacinamiento, la mierda de las letrinas cuando no directamente en los culos, el barro, la lluvia y la niebla pringosas, los ahorcados cubiertos de brea o melaza, las pijas, la orina, la sangre, las tripas que caen, un corazón que late en un pecho abierto. Lo abyecto y lo pornográfico, eso sí, alejados del sentido repleto de moralina de los intelectuales franceses —y afrancesados—. Como un cuadro de Bruegel el Viejo, como El jardín de las delicias en su mayor oscuridad, combinados con el humor físico de Los Tres Chiflados y con un toque de Beckett. El resultado podría haber integrado la fallida Trilogía de la Muerte de Pier Paolo Pasolini.

A diferencia del estereotipado y efectista Fausto de su coterráneo Aleksandr Sokurov, el Medioevo de Aleksei German está repleto de grotesco y picardía —y picaresca—, con una buena dosis de absurdo. Don Rumata, el infiltrado y fracasado representante de la civilización, apócrifo hijo de un dios pagano, termina por encariñarse —eso sí, en un hastío paradójico— y mimetizarse, hasta llegar al involucramiento interdicto, con ese mundo bárbaro, que, tal vez, con sospecha, con perturbación, difiera en calidad mas no en barbaridad de la supuesta civilización que los científicos y humanistas terrícolas creen encarnar.

Es difícil ser un dios 9

 

Ezequiel Iván Duarte

Anuncios

1 comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s