“Non plus ulstra”

"The Joycean Society" - Dora García, 2013

“The Joycean Society” – Dora García, 2013

 

Leí Finnegans Wake: escribo esta sentencia y no puedo evitar sentirme avergonzado. ¿Cómo podría afirmar tan suelto de cuerpo que leí un libro tan inaprehensible, tan infinito; más allá del acto físico de lectura? El canto de cisne de James Joyce es una obra que se escapa, que nos elude cuando intentamos apropiarnos de ella de la forma convencional en la que nos apropiamos de cualquier escrito. En Finnegans Wake cada palabra genera su propia historia con independencia relativa del contexto inmediato, esto es, con independencia relativa de los demás símbolos presentes en la cadena; cada término se relaciona activamente con la red ausente de símbolos de los cuales los presentes constituyen momentos de una historia.

The Joycean Society sugiere qué es lo que estuve haciendo mal: este es un libro que debe leerse en grupo y desglosando cada término en el paradigma para de esa forma comprender el sentido de los sintagmas. Así es como desde hace más de dos décadas en Zürich, un grupo cuyos integrantes han ido rotando, aunque algunos nombres se mantienen incólumes, se reúnen para desglosar palabra por palabra la última novela del maestro irlandés, generando así nuevas historias con cada relectura en el intercambio mutuo. Finnegans Wake podría postularse entonces como un libro casi ilegible en soledad sintagmática, pero inventivo en la red grupal paradigmática. Hay que ponerle el cuerpo, literalmente.

La directora Dora García encuentra dificultades en el registro: el espacio de reunión es pequeño y, ya sea por las limitaciones del equipamiento técnico o por alguna falta de creatividad para resolver el asunto, los desenfoques abundan hasta el exceso y, por momentos, la cámara parece no saber adónde mirar o no consigue mirar allí donde se lo propone (en un plano, se desvía con cierta violencia del rostro de uno de los hombres quizás con la intención de encontrar a quien se hallaba hablando en ese momento, cosa que no consigue: el resultado es un encuadre fuera de foco de la nada misma sostenido en el tiempo).

The Joycean Society 1

En otros instantes, el film sí consigue imágenes elocuentes: las páginas de la novela llenas de anotaciones al margen, en el encabezado, al pie, entre los mismos renglones y entre las propias palabras; los rostros de los lectores, la pasión de los más veteranos y eruditos, la expresión azorada de los más jovencitos, en respetuoso silencio ante las ramificaciones que se extienden, verbalizadas por los sabios ancianos, de las páginas; la estatua de Joyce, en típica pose intelectual, cubierta por la nieve.

Claro que podría leerse, más allá del mero acto físico, Finnegans Wake en soledad, pero si la experiencia de La Sociedad Joyceana nos enseña algo, es que no sólo se trataría de un ejercicio mucho más arduo, sino que se carecería del enriquecimiento que provee la subjetividad ajena en el intercambio, en la “esfera pública” del grupo de lectura. También se perdería en buena medida la vivencia cuasi-religiosa de esta red de afectos. Y, después de todo, Joyce se inspiró, entre otros libros, incluso libros sagrados, en el Corán y la idea de que cada palabra de este texto religioso esconde setenta significados.

Advertencia: The Joycean Society no deja de ser, probablemente, una película para iniciados. En primer lugar, para iniciados, al menos, en la lengua inglesa, en tanto se leen varios fragmentos de la novela que son virtualmente intraducibles —y los subtítulos en castellano se hacen cargo de esta dificultad al optar por transcribir los fragmentos en el inglés enrarecido por la contribución de otros idiomas (italiano, nórdico antiguo, entre otros) y por algún uso parentético aclaratorio—. En efecto, la gracia absoluta de los diálogos y lecturas, combinado con ciertos problemillas visuales, hacen del film, ante todo, una experiencia auditiva: podría grabarme la pista de audio en un MP3 para escucharla en cualquier momento y conseguir algo cercano a la iluminación vital. En segundo lugar, me es difícil creer que alguien que no tenga idea de James Joyce y su obra, y sobre todo del libro en cuestión, pueda comprender y, por lo tanto, disfrutar del mediometraje. Presumiblemente no sea necesario haberlo leído —otra vez, ¡qué temeridad!—, pero será muy valioso contar con un conocimiento, y un interés, acerca de la novela y sus ‘características generales’.

 

Ezequiel Iván Duarte

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