Tiros de gracia: “Dos disparos” de Martín Rejtman

Película de apertura del 10º Festival Internacional de Cine Independiente de La Plata-Festifreak. Del 10 al 19 de octubre de 2014.

"Dos disparos" - Martín Rejtman, 2014

“Dos disparos” – Martín Rejtman, 2014

Mariano se pega dos tiros como quien corta el pasto: una actividad más que puede hacerse y se hace. Se pega dos tiros y no le pasa nada. Más tarde explicará: “fue un impulso, hacía mucho calor”. Cualquiera que haya vivido una ola de calor veraniega en La Plata o alrededores sin acceso al aire acondicionado, de esas en las que la temperatura ya llega a 33 grados antes del amanecer, podrá sentirse identificado con el paradójicamente impasible cuasi-protagonista del film.

Aunque, pensándolo bien, Mariano no explica nada —lógico en una película donde nada se explica, donde todo ocurre porque puede ocurrir y porque la voluntad de los personajes es insignificante, arrastrados por las circunstancias como botellas plásticas en las contaminadas mareas de los océanos del mundo. Si hubiera sufrimiento, sería una tragedia. Pero no lo hay—; decía, Mariano no explica nada, simplemente afirma un hecho inobjetable, “hacía mucho calor”. Si la temperatura ese día hubiera calificado como ‘agradable’, se habría pegado los tiros igual y el psicólogo —y el espectador— habría oído de su boca “no hacía mucho calor. Estaba lindo”.

Martín Rejtman conoce sus artes —literaria, cinematográfica— y las emplea con precisión: el estatismo emocional de los personajes, esa imposibilidad de moverse salvo que los acontecimientos los arrastren con ellos, que puede rastrearse en el teatro del absurdo —donde, a menudo, los hechos están tan inmóviles, tan encerrados en su propio círculo como los personajes—, encuentra su complemento en una puesta en forma integrada exclusivamente por planos fijos.

Dos disparos 1

Momento `buñuelesco’ en “Dos disparos”

La marcación actoral se acerca a la idea de ‘modelaje’ de Robert Bresson: los actores no gesticulan ni ‘fingen’ sentimientos; la exteriorización de emociones no varía de acuerdo a las diferentes situaciones que atraviesan y su respectiva valoración. Son vehículos. Pero el cinematógrafo de Bresson carece de humor. El procedimiento de Rejtman funciona en cierta sintonía con Aki Kaurismäki, quien sigue —sólo en parte— las ideas del gran maestro francés en lo referente a las interpretaciones, pero con el objetivo —otra vez, al menos en parte— de realizar una incomodidad, una inadecuación con el mundo cuyo efecto es netamente humorístico.

Al no ser los personajes, incluido el cuasi-protagonista Mariano —la historia se dispara con él y sus circunstancias, pero se le desprende—, los centros de gravedad del relato, éste deriva de acuerdo al flujo equívoco de los acontecimientos. Las historias no se cierran, los personajes se abandonan para que el foco recaiga en otros nuevos, los personajes retornan como en una constelación —la idea de la interconexión cósmica entre seres humanos llevada al paroxismo del absurdo; hecho potenciado por los apagados vínculos emocionales entre ellos.

También retornan los objetos —el arma, cuya presencia insacudible es la de un fantasma frecuente hasta el ridículo— y los sonidos —del teléfono, de esa música de flautas— con admirable sentido de la inoportunidad. Si la comedia suele ser tragedia más tiempo, aquí la fórmula pasa a ser deriva más repetición más naturalización del fuera de lugar.

Ezequiel Iván Duarte

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