Jardines del tiempo y del espacio

1.

Al recorrer El Contexto de un Jardín. Discursos sobre las artes, la esfera

"El contexto de un jardín. Discursos sobre las artes, la esfera pública y la tarea de autor" - Alexander Kluge (Caja Negra, 2014)

“El contexto de un jardín. Discursos sobre las artes, la esfera pública y la tarea de autor” – Alexander Kluge (Caja Negra, 2014)

pública y la tarea de autor, el nuevo libro de Alexander Kluge editado por Caja Negra con selección, traducción y prólogo de Carla Imbrogno, algunas ideas y conceptos se reiteran de forma permanente: esfera pública, comunidad, nexo, red, conexión, constelación, puente, común, jardín (por supuesto), pero también conciencia de sí, modernidad, ilustración, escritura, historia, comunicación. Para cualquiera familiarizado con su obra ensayística, tanto literaria como audiovisual, estas palabras funcionan como nodos que conjuran una visión de mundo precisa y políticamente práctica.

Kluge nació en 1932 en la pequeña ciudad de Halberstadt. Educado como jurista bajo la influencia de la Escuela de Frankfurt —Theodor Adorno, quien le consiguió una pasantía con Fritz Lang, fue su mentor y amigo—, fue uno de los creadores del Manifiesto de Oberhausen que, en 1962, se constituyó como piedra basal del Nuevo Cine Alemán. Justamente es su faceta como director de cine la más conocida a nivel internacional, pero es también un escritor galardonado con los premios literarios más importantes de su país. Desde hace años ha decidido volcar su producción audiovisual a la realización de magazines culturales para la televisión, en donde se ha erigido como un defensor y teórico de la televisión de autor.

El libro reúne quince intervenciones de Kluge efectuadas entre 1989 y 2012. Al comienzo, prevalecen los discursos pronunciados en ocasión de haber recibido algún premio literario. Más adelante, se incluyen discursos en homenaje a artistas fallecidos (Heiner Müller, Christoph Schlingensief) así como también ensayos sobre el Nuevo Cine Alemán, la relación con las ciudades de la infancia y la ópera, y algunas historias inspiradas en la colección de lienzos y esculturas Los Nonatos de Anselm Kiefer.

El procedimiento en el caso de los discursos públicos —que son los textos con mayor peso en la selección del libro— se reitera: el autor toma el nombre del premio que se le otorga, que siempre es el de un poeta o pensador ya fallecido (Georg Büchner, Heinrich Böll, Ricarda Huch, Gotthold Ephraim Lessing, el propio Adorno, Friedrich Schiller) y traza una genealogía en la que privilegia los puntos de contacto entre las épocas y cosmovisiones de esos escritores y las propias, haciendo hincapié en los conceptos en permanente retorno antes mencionados. Kluge ve en la ocasión de pronunciar un discurso la posibilidad de intervenir en y de construir esfera pública.

 

2.

La articulación del tiempo, cualidad humana por excelencia, atraviesa las obsesiones del autor. Esta conexión histórica implica una idea productiva de la tradición alejada de cualquier posición reaccionaria y anquilosada. Se trata de un puente tanto biológico como artístico, se diría que cósmico. En “Las entrañas de la narración” considera que la primera globalización se produjo hace 620 millones de años, cuando nuestros antepasados, en aquel entonces apenas seres unicelulares, lograron sobrevivir a condiciones improbables. “Sin saberlo, desde siempre llevamos en nuestros cuerpos algo de las conquistas que posibilitaron aquella supervivencia, una reserva de vida, una reserva de salidas”, afirma, y remata: “¡Qué rica es la esencia común que llevamos en nosotros, y qué antigua!”. Así, nuestros genes serían los libros que comunican los siglos entre sí. Pero, claro está, y según puede leerse en “Las historias salen de la punta del lápiz”, las propias obras literarias humanas también cumplirían esa función, lo mismo que las obras artísticas en general, en tanto inscripciones, en tanto escrituras (con imágenes, con notaciones).

Si hay una tradición a la que Kluge adscribe es la de la Ilustración, más específicamente a la de su continuación crítica en la Escuela de Frankfurt, donde Kluge dice ocupar el humilde lugar de “jardinero”, esto es, de narrador. ¿En qué consiste esta adscripción? En la nota biográfica que abre 120 Historias del Cine, Carla Imbrogno ya recordaba que el director de Adiós al Ayer ha considerado que “debe ser posible representar la realidad como la ficción histórica que es”, cita que reitera (que retorna) en el prólogo de El Contexto de un Jardín. En esto es, sin dudas, frankfurtiano: la verdad no es la realidad, la realidad es en esencia contradictoria; en “La ópera es indivisible” afirma que “estamos tan encasillados en nuestra realidad acostumbrada (que no es infaliblemente real) y en la inteligencia adulta (que habla una lengua propia), que subestimamos la herencia que un hombre (y un niño antes que nada es un hombre de pura cepa) trae consigo de la evolución”. Como señala la prologuista, el realismo artístico no debe buscar la confirmación de la realidad (la (re) presentación acrítica en toda su irracionalidad) sino la protesta. Además, comparte con Frankfurt el énfasis en llevar la teoría a la práctica, legado de Marx. Aquí, la creación artística aparece como la rama práctica del pensamiento.

En “El autor como domador o como jardinero” trae a colación las que considera como “tradiciones ilustradas en el arte”: la cooperación subterránea entre autores, que permite entender a las obras como eslabones de una larga cadena en permanente construcción; el balance del que trata el arte, que equilibra el principio de realidad entre “el mundo exterior y la caldera de ilusiones que es el mundo interior”; la perseverancia, obturada por “la dramaturgia apurada del mundo industrial y burgués” que “ha abreviado la forma de comunicar”; la emoción, en tanto “las actitudes, valores y revoluciones fundamentales hoy tienen lugar en el interior de las personas” porque “las novelas fundamentales, como las revoluciones fundamentales, luego de que han acontecido en la realidad, vuelven a acontecer mucho más tarde en el plano subjetivo”; y el contexto como orden de composición, como rizoma lleno de vida que se transforma a sí mismo, como jardín en el que el autor (jardinero) trabaja con el conocimiento de que algo puede crecer por sí mismo.

La articulación no es sólo temporal, a través de los libros escritos por el hombre y de esos otros libros que son los códigos genéticos, sino que, asimismo, implica una red presente en donde conexión y separación, en donde el intersticio es fundamental.

Al respecto, la esfera pública se erige como el ámbito de intercambio imprescindible para que los humanos, mediante la puesta en común de su experiencia vital, adquieran consciencia de sí: “Cada hombre lleva a cuesta sus experiencias. Y cuando no puede compartirlas en la esfera pública, las lleva a cuestas solo, sin poder extraer de ellas autoconciencia, valía de sí mismo. Como consecuencia, subestimará esas experiencias. Tomará por propias experiencias ajenas (del cine, de los medios masivos, los relatos oficiales). Tomará por propias lenguas extranjeras”. Por ello, Kluge considera a la esfera pública un bien común inalienable.

Pero el autor no propone una unidad homogeneizante, sino que considera a la diferencia como aquello mismo que une. En La Imagen-Tiempo, Gilles Deleuze notaba que, a diferencia del cine clásico, en el cine moderno la imagen está desencadenada, el corte vale por sí mismo. En el caso específico de lo que denomina método intersticial en las películas de Jean-Luc Godard —la mayor influencia cinematográfica de Kluge—, las imágenes separadas por corte funcionan como dos potencialidades diferentes capaces de determinar el surgimiento de un tercer signo, algo nuevo. La combinación del intervalo de oscuridad entre las imágenes, en el que el cerebro funciona de forma autónoma, y las imágenes-estímulos a las que el cerebro responde, estimula al cerebro a soñar.

Esta idea de montaje de imágenes y textos es aplicada por Kluge no sólo en su obra cinematográfica y literaria, sino también a la propia concepción de esfera pública que desarrolla. Es que el ser humano no sólo es autor artístico, también es autor de su propia experiencia vital o, al menos, puede llegar a serlo si toma las riendas de su existencia, si toma conciencia de sí.

La metáfora del jardín y del jardinero —también del campesino y del horticultor— refiere, entonces, al lugar y al tiempo de la creación, y a quien es capaz de llevarla a cabo en la comprensión de la comunidad en la diferencia: “El contexto de un jardín: eso es el montaje. Tal como yo lo concibo, uno no recurre al montaje por pura sed de poda sino a sabiendas de que algo puede crecer por sí mismo”.

 

3.

Está visto, entonces, que la idea de independencia es esencial en el pensamiento del director de Noticias de la Antigüedad Ideológica. No se trata de individualismo egoísta, sino del encuentro de un balance entre la propia voluntad y la puesta en común de la experiencia vital para conformar esfera pública y lograr autoconciencia, es decir, independencia.

Respecto a su trabajo en televisión, Kluge asegura necesitar independencia para obedecer a su experiencia, ser autor y no un mero ejecutante de una voluntad ajena, “no puedo estar haciendo lo que dictan el director del canal o el rating”, y concluye que “esa existencia de autor que una y otra vez pujará por salir en todas las personas exige una esfera pública independiente”.

En una época en la cual a la proclamación acrítica de independencia periodística y mediática se le suele contraponer el latiguillo igualmente acrítico (y peligrosamente relativista, en tanto abre las puertas a todo tipo de arbitrariedades) de “la independencia no existe”, las reflexiones de Alexander Kluge podrían relacionarse con las que hiciera Rudolf Steiner respecto del individualismo y la libertad. Y si bien en este libro no menciona al autor de La Filosofía de la Libertad, sí lo traía a colación en 120 Historias del Cine, en donde relataba el proyecto compartido con Andrei Tarkovski para realizar una versión cinematográfica de La Crónica del Akasha.

Recordemos que akasha puede traducirse del sánscrito como “espacio” o “éter”, y que los registros akáshicos hacen referencia al compendio de la historia del universo en el plano astral, como si de una película eterna se tratara (1). En el capítulo “Los Nonatos: dieciséis historias para Anselm Kiefer”, Kluge menciona que durante trescientos años la física consideró que todas las cosas del universo estaban unidas por un éter o quintaescencia, “la Mano de Dios” según Isaac Newton. En la actualidad, científicos de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (conocida como CERN), “están buscando unos filamentos unidimensionales cuya vibración, se intuye, reúne y mantiene en movimiento toda la materia, la antimateria, lo que ha llegado a ser y lo que no ha llegado a ser, así como la materia oscura, esto es, una parte leonina de toda sustancia y, sobre todo, el vacío. Las vibraciones que unen ser y no ser como un éter volviéndolos inseparables, son una MÚSICA CELESTE”, y remata: “Sólo las vibraciones de los filamentos imperceptibles atraviesan como túneles los universos”.

(1) El astrónomo Andreas Küppers, siguiendo una conjetura del jurista del siglo XIX Felix Eberty completada por el astrónomo francés Flammarion, desarrolla la idea de que los acontecimientos del mundo viajan en la luz como proyectados, y que, hipotéticamente, podrían canalizarse e inscribirse en un palimpsesto estelar.

El Contexto de un Jardín. Discursos sobre las artes, la esfera pública y la tarea de autor, de Alexander Kluge, Argentina, Caja Negra, 2014, 184 páginas.

Esta reseña fue publicada originalmente en una versión algo distinta en el número 43 de la revista Question, julio-septiembre de 2014.

Ezequiel Iván Duarte

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