Salvajía

Por eso, para Kluge el motivo del realismo nunca debe ser la confirmación de la realidad, antes bien: la protesta.

CARLA IMBROGNO: Prólogo a El contexto de un jardín de Alexander Kluge

 

"Relatos Salvajes" - Damián Szifron, 2014

“Relatos Salvajes” – Damián Szifron, 2014

Heathcliff es uno de los arquetipos del resentimiento encarnado. Emily Brontë comienza por ofrecernos el contexto para comprenderlo: un niño huérfano de misterioso origen tomado como protegido por el señor Earnshaw, dueño de la finca en Cumbres Borrascosas. La posterior muerte de su protector lo expone al destrato y la humillación. El punto de inflexión definitivo se da cuando su amada Catherine, hija de Earnshaw, contrae matrimonio con un hombre más acorde a su posición, el joven Edgar Linton. A partir de ahí, exacerbado aún más por la muerte de su gran amor, consagrará su existencia a destruir las de todos aquellos que tengan alguna conexión con aquellos a quienes considera sus enemigos.

Una de sus ‘víctimas’ es Hareton Earnshaw, hijo de Hindley, quien a su vez es el hermano de Cathy. Tras la muerte del señor Earnshaw, Hindley tiene vía libre para degradar a Heathcliff, de quien siente celos por haber sido el preferido de su padre. Años después, Heathcliff se hace con el control de Cumbres Borrascosas aprovechándose de las deudas de juego de un Hindley alcohólico y pusilánime. Así, toma a Hareton bajo su protección y lo somete a un trato similar al que le fue dispensado a él tras el fallecimiento de su protector: lo despoja de su instructor y lo pone a trabajar como peón. Como resultado, el chico, destinado en principio a convertirse en un caballero, termina transformado en un palurdo analfabeto, imposibilitado de comprender, imposibilitado de ver —por la ignorancia a la que ha sido obligado, pero también por la bonhomía del hombre simple— el daño que su amo le ha causado.

Heathcliff contrae matrimonio con Isabella Linton, hermana de Edgar, después de tomar ventaja de su ingenuidad, con el solo objetivo de hacerse con el control de la granja Thrushcross como represalia por haberle arrebatado a Catherine. De este modo, destruirá las vidas de su esposa y, tras la muerte de ésta, del hijo que tienen en común. También hará lo propio con Edgar y con la joven Catherine Linton, hija de Edgar y de su amada. Años invertidos pacientemente en la concreción de una venganza en la que, como en El Río y la Muerte de Buñuel, las nuevas generaciones deben pagar por los conflictos de sus antepasados. Para Heathcliff, enceguecido en su dolor, las culpas se llevan en la sangre.

Como decíamos más arriba, la autora contextualiza la historia de vida de Heathcliff desde la niñez como forma de explicación, como forma de otorgarle densidad al personaje. Pero en ningún momento lo justifica —aunque toda contextualización pueda emplearse como justificación; esto ya depende de la actitud y la interpretación del lector—. Más bien, Cumbres Borrascosas se vuelve, en su transcurrir, una de las imaginaciones más acabadas acerca de las consecuencias que una política del resentimiento acarrea no sólo para las ‘víctimas’ sino también para los ‘victimarios’, que son los primeros en auto-degradarse y auto-destruirse, con lo que se deja de lado la división binaria del mundo en ‘buenos’ y ‘malos’. La maldad y la misantropía tienen una explicación, son parte de una historia, y no constituyen esencias, ni respuestas, ni, por lo tanto, posiciones autorales.

En su única novela publicada, Emily Brontë opta por la protesta. De forma más directa lo hace su hermana menor Anne en Agnes Grey, comentario semi-autobiográfico sobre los abusos e inequidades que debían soportar las institutrices en particular y las mujeres en general en la sociedad victoriana. Lejos de cualquier enajenación, ambas parten de realidades muy concretas a cuyas injusticias no responden con un poco de su propia medicina, no reaccionan adentrándose en la misma lógica contra la que luchan, sino desnudando sus hipocresías, mostrando los efectos de sus políticas, con la esperanza de despertar una mirada.

Relatos Salvajes 2

Esta sabiduría está ausente del largometraje de Damián Szifron Relatos Salvajes. En cierto sentido, se trata de una película de autoayuda: como el masivo género literario, ofrece al ‘receptor’ aquello que este quiere ver y oír, soluciones obvias. La sinceridad del director cuando declara que concibió el film con el espectador siempre en la cabeza se hace evidente en el planteo de cada situación, en cada diálogo que confirma la realidad —identificación asentida del público— y, al mismo tiempo, introduce el descargo que pretende desnudar lo que ya ha sido dejado en evidencia —la maldad, el peligro constante que representa el Otro, en la pareja, en la calle, en la política de Estado; el espectador vitorea, cuchichea, aplaude, suspira—, justificando, en el proceso, la reacción vengativa. Kafka decía que, ante todo, escribía para él. Es la sinceridad primordial del autor, que involucra la asunción pública de su vulnerabilidad como ser mortal. ¿Será posible concebir una gran obra artística pensando en el espectador potencial, deseado? ¿O sólo será posible, mediante tal procedimiento, llegar a una gran obra de mercadotecnia, de publicidad/propaganda?

La mayoría de los episodios, en su recorrido, concluye con la satisfacción de una realización, aún cuando los protagonistas no salgan indemnes: Pasternak muere, pero se lleva gustosamente a sus seres odiados a la tumba con él —un goce parecido al del terrorista suicida—; el ingeniero interpretado por Ricardo Darín termina preso, pero convertido en ídolo popular y con la tranquilidad espiritual —reafirmada por el film— de haber hecho lo correcto; la cocinera interpretada por Rita Cortese también termina en la cárcel, pero con la seguridad de que al final, según había asegurado con anterioridad, en la cárcel se está mejor que en el mundo exterior: no tenés que trabajar, te dan de comer, no tenés que pagar alquiler; uno de los tantos ejemplos de ‘chiste burgués’ que abundan en la obra. Además, con el convencimiento de haber librado al universo de un hijo de puta más que, como no podía ser de otro modo, es un candidato político: el discurso de la afectación libertaria.

Una decisión de guión en este episodio devela la poca voluntad de la película para enfrentar al espectador con sus propias contradicciones, en acicatear su reflexión: el ‘malvado’ de la historia es tan despreciable que no es fácil sentir lástima —y no es difícil car en la tentación de percibir justicia en el acto— cuando es envenenado. La cosa cambia en el momento en que, inesperadamente, arriba el hijo adolescente del hombre y comienza a comer del mismo plato fatídico que su padre. La cocinera, al contrario del superego timorato interpretado por Julieta Zylberberg, respecto del que el personaje de Cortese parece la expresión del id —“dúo psicodramático”—, no percibe conflicto alguno en el envenenamiento del muchacho. “De tal palo, tal astilla”, se justifica, así que está bien matarlo también: las nuevas generaciones deben pagar por los hechos de sus antepasados, posición a la que se enfrentan Brontë y Buñuel.

Es un acto de purificación. Pero el espectador no tiene la oportunidad de enfrentarse al suceso de ver morir a un inocente por culpa de la ejecución de una política del resentimiento, por culpa de la, en apariencia, justa venganza. El episodio del ingeniero incurre en la misma bajeza al límite del ridículo, porque no hay cálculo, por más preciso, que pueda permitir el control de factores que están más allá del alcance físico del ejecutante —como lo es la llegada del hijo del usurero en el otro sketch—, con lo cual se niegan las consecuencias de un acto temerario e irresponsable, de una violencia que de tan racional debería causar espanto en lugar de ser reafirmada y celebrada irónicamente.

El concepto de justicia del linchador es el de la búsqueda de un chivo expiatorio y el de la invisibilización del error cometido en nombre de lo justo. Relatos Salvajes cae en una lógica similar, sobre todo respecto de la segunda característica: se encarga con mucho cuidado de que todos aquellos contra quienes está dirigida la venganza sean presentados como seres despreciables y, cuando la venganza recae sobre un inocente, éste se salva. En este sentido, el corto de la ‘ira de carretera’ es interesante porque presenta a dos personajes-estereotipos (porque el film jamás trabaja con arquetipos, sino con estereotipos, y esa es parte de su pobreza) igualmente desagradables —un ‘pobre’ psicópata y resentido, un ‘rico’ prepotente y algo cobarde— que terminan destruyéndose mutuamente. El procedimiento es notable porque la simpatía ante cada personaje vira hasta que ambos resultan igualmente despreciables. Es lo más cerca que el film llega a una crítica negativa de la misantropía, aunque el tipo de humor presente apaga la potencia reflexiva de la historia.

Relatos Salvajes 1

También ocurre algo ligeramente distinto con el episodio del accidente automovilístico. Los estereotipos, y su consecuente reduccionismo, afloran otra vez: el rico cagador, el abogado buitre, el Estado corrupto —representado por el fiscal y, en un fuera de campo, por los comisarios y policías que “hay que participar”—, el niño rico mimado incapaz de enfrentar la inmoralidad de sus padres, inmoralidad que le provee el jugoso sustento del que goza. La construcción de la venganza por parte del marido de la víctima permanece mayormente en segundo plano y no recae al final en el autor del crimen. Sin embargo, el ajusticiado por mano propia no se nos presenta como un inocente, sino como alguien que cedió a la corrupción por un monto de dinero. Su condición humilde y obrera atenúa este carácter, pero no lo elimina —su avaricia es evidente en alguno de los chistes. Hay, entonces, un sentido de justicia en lo que ocurre.

Del Libro del Eclesiastés: “Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad.” La Bestia debe Morir (Todo debe Morir) o, por lo menos, ser ajusticiada de alguna forma. El pobre Heathcliff —y que no se entienda por este epíteto un intento de justificación de sus crueles acciones— muere en el conocimiento de que la obra de su vida muere con él, porque la hija y homónima de su amada Cathy se ha enamorado de su primo Hareton, quien le corresponde. Fiel al estilo de la novela gótica-romántica, el final es ‘feliz’, hay un sentido de reparación última, aunque las marcas del pasado sean imborrables. La futilidad del resentimiento de Heathcliff queda en evidencia; su profunda injusticia también. Pero, y esto es fundamental, tampoco hay razones para celebrar su muerte, porque, a diferencia de la película de Szifron, no hay maniqueísmo.

El final del último de los cortos no brinda esperanza ni devela el carácter dañino del resentimiento y la crueldad. La reconciliación romántica tras el desastre concluye, coherentemente, con cinismo, un regodeo —un auténtico revuelco— en la propia degradación. Es que, en última instancia, Relatos Salvajes se embarra con gusto en esa reducción —y pretende relativizarla por medio de la comedia—, como si la mortalidad que el hombre comparte con la bestia justificara la sumisión a los instintos más bajos, a la destrucción del Otro sin dar cuenta de la propia y consecuente aniquilación.

 

Ezequiel Iván Duarte

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3 Comentarios

  1. Ya en la cita se juega toda la película. El costumbrismo (casi televisivo) que atraviesa la película, si le sumamos a Darín, hace de Szifrón alguien muy poderoso. Quiero decir, esos dos elementos garantizan una recepción instantánea y atenta por parte del gran público los utiliza para reafirmar sus creencias clase-medieras (hablar de inseguridad es referirse a ese público).
    Es verdad, Szifrón se regodea en su cinismo y se aprovecha del estado de las cosas. Y pareciera que, como bien decís, no hace nada nada por cambiarlo porque ningún corto plantea desafíos ya que toda célula de real conflicto (de clase, de imágenes sociales, o de cualquier índole) encuentra su límite al final de cada cortito. Ya sea por una limitación estructural (la cárcel en algunos) o por un chiste negro que quita gravedad. Si hubiese extremado su salvajismo podría haber sido interesante, pero se frena justo a tiempo como para no escandalizar a nadie.
    Saludos

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