El eterno presente: “Boyhood” de Richard Linklater

"Boyhood" - Richard Linklater, 2014

“Boyhood” – Richard Linklater, 2014

 

Gilles Deleuze señala que, para Henri Bergson, es el ser humano el que es interior al tiempo, no al revés. Sobre el final de Boyhood [Infancia] —proyecto monumental del director estadounidense Richard Linklater en el que trabajó sobre la historia ficcional de la vida de un niño (y de su familia) desde los siete hasta los dieciocho años, con la particularidad de haberlo rodado en 39 días a lo largo de unos doce años— el protagonista Mason y la chica que acaba de conocer en sus primeros minutos en el campus universitario se preguntan si la frase común sobre cómo uno se apodera del momento en realidad no debería ser invertida, si, de hecho, no es el momento el que se apodera de uno.

La preocupación por el paso del tiempo y su relación con la vida humana no es novedad en el cine de Linklater. Las tres películas que, hasta el momento, integran la saga Antes de… sólo pueden comprenderse apropiadamente si se las sigue en su totalidad y en el orden previsto. No es que sean incomprensibles vistas en orden indistinto o, por ejemplo, viendo Antes del atardecer sin haber visto Antes del amanecer ni ir a ver Antes de la medianoche, pero la experiencia completa, la aprehensión de la experiencia propuesta por el autor sólo puede conseguirse si se concibe a cada largometraje como parte de una sola y gran película.

Así, los films de la saga aparecen como islas de presente que cubren apenas unas pocas horas en la vida de los personajes en un momento determinado de sus vidas, y que actualizan los acontecimientos pasados, mayormente hundidos, fuera de vista, en el océano del tiempo. Tiene algún parecido con la Teoría del Iceberg de Hemingway: aquí, cada isla (cada film) sería la punta emergente de un enorme iceberg. Por las características de cada punta, por lo que ocurre en ellas, puede comprenderse aquello que no se ve y, viceversa, esa base invisible, esa ‘estructura’, determina, deja su marca, se cristaliza en cada aparición, y le brinda densidad.

En Boyhood, Linklater decide juntar en un mismo largometraje de casi tres horas de duración a las islas de presente. Pero al faltar el período de espera de nueve años entre cada instalación, se produce algo distinto, quizás más sutil (que no quiere decir, en este caso, mejor). La experiencia es menos ‘trascendente’, porque el film no se extiende en conjunto con el tiempo de vida del espectador potencial, no hay una correspondencia entre el tiempo sub-diegético del film (es decir, no sólo se considera a las tres partes como un solo gran film, sino que incluimos necesariamente al tiempo entre cada una de las películas, que no sería así extra-diegético, sino que, más bien, permanecería sumergido pero dejando su marca en las puntas emergentes) y el paso del tiempo en la realidad (lo extra-diegético). De este modo, Boyhood no sería tan radical como la saga Antes de…, pero sí más impactante, por condensar al procedimiento y al concepto en un mismo momento y no en islas separadas por décadas.

Boyhood 3

Lo que se genera en el film protagonizado por Ellar Coltrane, también, es una mayor conciencia de parte del realizador de las implicancias a futuro de tamaña experiencia. Esa conciencia puede jugarle, por momentos, en contra, al poner demasiado énfasis en ubicar al espectador en los distintos momentos históricos que se suceden, como guiños subrayados, como expresiones de sobre-entusiasmo ante la épica propia. Los abundantes inserts de música pop, si bien su uso se va dosificando con el correr del metraje, cumplen esta función, al igual que las escenas sobre Bush, la guerra de Irak y Obama, en las que, en ocasiones, apela a un sarcasmo burlón muy líberal y demócrata, en consecuencia, muy chicanero y superficial.

Boyhood funciona mejor cuando evita lanzar dardos políticos, cuando evita ubicarnos por la fuerza en un determinado contexto histórico y deja que él fluya a través de la imagen en los cuerpos mutantes de los actores, en las vivencias cotidianas determinadas por situaciones familiares, sociales y económicas que ya reenvían a un presente particular sin necesidad de pesados anclajes.

Es que hay un elemento documental que se filtra en el concepto del film, como ya lo hacía en la saga Antes de… y que permitía distinguirla de cualquier saga cinematográfica convencional. Ver a los actores envejecer, a las modas pasar, a la situación económica cambiar, siempre en realidad, ayuda a aumentar la fuerza de la reflexión sobre el paso del tiempo: sí, la historia es ficcional, los actores representan papeles, pero el paso del tiempo materializado en sus cuerpos pertenece a otro ámbito, al extra-diegético, a “lo real”, pero actualizado, cristalizado en la diégesis del film. Lo extra-diegético, paradójicamente, se incorpora al mundo de la ficción. El tiempo pasa, y no sólo en el mundo aparentemente cerrado de la obra.

Es inevitable, entonces, que haya una oscuridad siempre latente en el film. Pero Boyhood no es una película abstrusa, Linklater no teme verbalizar para sacar a la superficie lo latente, casi como método catártico y cinematográficamente clásico. Es lógico, entonces, que las verbalizaciones más significativas se concentren sobre el final. A la charla ya mencionada entre Mason y su novia en potencia habría que sumarle la reflexión angustiada de la madre ante la partida de su hijo a la universidad. ¿Esto ha sido todo? ¿Ya sólo queda la tumba? Sus palabras pueden resultar algo graciosas por lo melodramáticas, pero no dejan de conmover porque golpean en un lugar certero, el darse cuenta de que no es uno el que toma las riendas del momento, sino que es el momento el que nos sujeta, el que nos arrastra.

Boyhood 2

La didáctica del film es, entonces, ostensible. Después de todo, se trata de una película de aprendizaje, y no sólo de aprendizaje de los niños. De esta forma, se entiende el énfasis puesto en la educación y el esfuerzo para progresar, aunque quede claro, ante las dificultades que atraviesa Mason y los que lo rodean, que no existen soluciones mágicas, que aún cuando exista esfuerzo y aprendizaje de por medio, y que ambos expandan nuestros horizontes y posibilidades, habrá que, necesariamente, seguir esforzándose y seguir aprendiendo ante las dificultades, antes los retos incontrolables en la marea del tiempo.

La efectividad y precisión de la obra, a su vez, se enraíza en el hecho de que evita lo extraordinario o la construcción de un protagonista particularmente carismático. Y dentro de lo ordinario, hace lo posible por no enfocarse como si fueran mojones fundamentales en los típicos clichés en este tipo de historias, como ser el primer beso, la pérdida de la virginidad, la primera borrachera, etc.

Boyhood puede entenderse como una sucesión de presentes donde, con el correr de la película, la imagen devela su status como presente y ya pasada al mismo tiempo. Las imágenes pasadas al avanzar el metraje mantienen su actualidad (su presente) y todo el film, como registro ficcional efectuado entre 2002 y 2013, nos incita a verlo como un pasado presente, como un pasado reactualizado, recristalizado en cada visión, donde el presente también se arroja hacia el futuro.

 

Ezequiel Iván Duarte

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2 Comentarios

  1. La vi toda y eternamente esperé las explosiones y las escenas gore, a veces no le entiendo a
    este tipo de tramas entonces las confundo con las acción

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