La magia del espectáculo (y del pasado)

"Jersey Boys" - Clint Eastwood, 2014

“Jersey Boys” – Clint Eastwood, 2014

 

Apenas siete personas en el cine. Al encenderse las luces, prepararnos para ponernos de pie y mirar a nuestro alrededor, pudimos percibir las sonrisas en cada uno de los rostros, las expresiones de goce y satisfacción.

Con un humor y una gracia irresistibles, en Jersey Boys, la última película del octogenario ‘tipo rudo’ Clint Eastwood, no hay carretas que pintar pero sí un amor contagioso por la música y el espectáculo. Se trata de la historia de Frankie Valli y el grupo The Four Seasons desde los inicios de la agrupación a fines de los 50 en un suburbio de inmigrantes italianos de New Jersey hasta el ingreso al Salón de la Fama del Rock and Roll en 1990, atravesando décadas de dificultades personales y profesionales.

El film se desenvuelve casi como un cuento de hadas, donde hasta el capo mafia interpretado por Christopher Walken aparece desprovisto de cualquier aura siniestra al punto de resultar simpático. Los momentos oscuros de la trama, como los que tratan los problemas familiares de Frankie o los delitos de Tommy, carecen de densidad trágica, como si la película no los omitiera para evitar pecar de excesiva superficialidad y en aras de favorecer la rigurosidad respecto de los mojones en las vidas retratadas que se consideran necesarios en una biopic clásica, pero con la convicción de que dichos momentos son parte del pasado —por ello los personajes narran a cámara los hechos como cosa ya acontecida— al cual podemos mirar selectivamente —el Tommy envejecido del final reflexiona sobre cómo cada uno recuerda ciertas cosas del pasado a la luz que más le convenga, casi como una advertencia respecto a todo lo que acabamos de ver— con humedecidos ojos románticos (Nótese la evidente pantalla verde empleada en una escena desde el frente de un automóvil en movimiento, homenaje a las películas de antaño).

Así, el film constituye un micromundo ensoñado (o fantástico) donde el drama más denso y las circunstancias históricas extra-musicales no tienen lugar real. No es torpeza de Eastwood, bajo ningún punto de vista. Se trata de una decisión consciente de quien no por casualidad suele ser señalado como el último gran director clásico de Hollywood. En Eastwood todavía hay lugar para la Fábrica de Sueños. Esos cuentos de hadas, para ser eficaces, para ser verosímiles, requieren del contraste en sus protagonistas (y, muchas veces, de la simplificación unidimensional en los personajes secundarios), de sus bajezas, de sus tragedias, pero también de sus talentos y gracias, en definitiva, de sus contradicciones porque ¿quién podría identificarse con un impoluto?. De todos modos, el goce en la realización personal siempre debe imponerse para no terminar en tragedia, para que el espectador salga con una sonrisa de oreja a oreja, tarareando las canciones, tratando de imitar el registro altísimo de Frankie Valli, y no perdido en el llanto (salvo que sea producto del júbilo).

En el comienzo de la secuencia de créditos final se sublima la magia. Es una conclusión precisa porque consolida las decisiones previas del director —lo que refería como la sustracción de la densidad trágica de los momentos oscuros o ‘difíciles’ de la historia—: lo que acabamos de ver es una representación de hechos acontecidos hace ya mucho tiempo, en otra era, un fresco sobre la vida de un grupo de soñadores, una vida con un final feliz, donde la esposa descuidada y engañada, donde el mafioso, donde la estrella de la música caída en desgracia por vicios y deudas se reúnen para bailar y cantar, con unas sonrisas, con un goce que a esa altura ya habrán conseguido contagiar a quien pueda entregarse a la fantasía.

 

Ezequiel Iván Duarte

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