Breves reflexiones ontológico-metabólicas a partir de “Cae la noche en Bucarest” de Corneliu Porumboiu

En el primer plano/escena —porque en Cae la noche en Bucarest cada escena está rodada en un solo plano, fijo o con un movimiento de cámara mínimo y sin cambio de eje; de hecho, el último plano abarca dos escenas distintas en la misma locación— el director de cine Paul pondera para su actriz y amante Alina las diferencias entre el fílmico y el digital (todos los diálogos en la película refieren directa o indirectamente al cine, se trate de cuestiones generales —teóricas, o históricas, como cuando se menciona a Michelangelo Antonioni y Monica Vitti—, o de asuntos relacionados al rodaje del film en el que se encuentran los protagonistas —tanto burocráticos como estéticos).

A distancia de la postura habitual que ve en el pasaje de la materia fílmica al digital inaprensible una negatividad proveniente de la consecuente pérdida de la ‘garantía de realidad’ —lo que queda registrado en la película no puede no existir fuera de ella—, Paul considera que lo digital es más real en el sentido de que no existen límites en el tiempo de lo que podría filmarse (o si existen en la actualidad, vamos en camino de eliminarlos). Un rollo de película de 35 milímetros dura once minutos. Si el director quisiera registrar una conversación cotidiana, por ejemplo, una charla durante una cena, de esas que se extienden a lo largo de, por lo menos, una hora, no podría hacerlo de forma ininterrumpida con el fílmico —por el obligatorio cambio de rollo—, pero sí con tecnología digital. De todos modos, Paul está trabajando en fílmico, según afirma, porque ha sido educado en sus límites, porque no sabría cómo desarrollar su arte por fuera de ellos.

"Cae la noche en Bucarest" ["Când se lasa seara peste Bucuresti sau metabolism"] - Corneliu Porumboiu, 2013

“Cae la noche en Bucarest” [“Când se lasa seara peste Bucuresti sau metabolism”] – Corneliu Porumboiu, 2013

Así, la realidad que se perdería al desaparecer la objetividad fotográfica consecuente con la reproducción mecánica de imágenes, se recuperaría de manera distinta en la posibilidad de grabar sin tantas limitaciones temporales (que son las limitaciones físicas en la longitud del rollo de película).

¿Estaremos condenados al idealismo filosófico? La garantía de realidad de las imágenes fotográfica y cinematográfica se pierde ante el avance en las posibilidades de manipulación digital. En un futuro no muy lejano, no es descabellado pensar que la tecnología habrá evolucionado lo suficiente como para crear imágenes fijas y en movimiento con un grado de semejanza exacto con la realidad —o con lo que gustamos en distinguir como realidad, aunque el concepto vaya volviéndose difuso—.

Ya no se podrá distinguir, al menos no a simple vista y sin recurrir a alguna clase de análisis informático, una imagen capturada de la realidad de una diseñada en una computadora. Pienso en aquellos que no consideran como cine a las películas de dibujos animados, justamente por carecer de registro, por depender, como en la pintura, de la subjetividad del autor, en contraste con la reproducción mecánica de imágenes en las que no interviene la subjetividad —ésta sí aparece, por supuesto, en la escritura del guión, en las decisiones sobre dónde poner la cámara y sobre el montaje, pero no en la creación misma de la imagen, no al menos hasta el avance de lo digital—. De aquí a la creación de un completo ‘universo matemático’, hecho de ceros y unos, hay un paso. Paul afirma que en el futuro ya no existirá el cine. Habrá algo allí, pero será otra cosa. Metabolismo, el ‘otro título’ del film, refiere al “conjunto de reacciones químicas que se producen continuamente en los organismos y aseguran su mantenimiento, crecimiento y reproducción.” En el cine —o en aquello en que se transforme o tome su lugar— la reacción química fundamental es sustituida por el diseño informático dependiente de la combinación de caracteres matemáticos. El metabolismo propio del arte cambia, y con él la propia articulación del tiempo y aún del espacio.

Pero no se trataría, necesariamente, como en The Matrix, de la distinción entre una realidad ilusoria y una realidad verdaderamente real. Porque, ¿hasta qué punto se podría tener el control sobre un universo así diseñado? Ahí están Welt am Draht de Fassbinder o Her de Spike Jonze para recordarnos que la vida se caracteriza por su capacidad de auto-desarrollo independiente de cualquier creador (y que toda creación es en potencia (re) creadora).

 

Ezequiel Iván Duarte

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