Inquilino de mis entrañas

La mirada del hijo [Pozitia Copilului] – Calin Peter Netzer, 2013

 

 

Realización de la madre a través del hijo. El hijo como apéndice de la madre, como ramificación que no debe tener voluntad propia, que debe obedecer en pos de la armonía del organismo familiar de tronco maternal. El hijo posesión, posición fetal. La madre, omnipotente, cuerpo principal del organismo, sabe qué es lo mejor para el hijo, lo conoce mejor de lo que él se conoce a sí mismo. Es esto lo que debés hacer, esto lo que debés tomar, aquí donde debés vivir, con esta persona deberás procrear, si es inevitable la procreación y sólo porque el nieto es otra ramificación más. Hijo, sos lo único que tengo en la vida.

 

La ansiedad de la cámara en mano: tiembla, parpadea como el ojo, enfoca bien de cerca los rostros, los pedazos de cuerpos. La lógica política está en el uno a uno de las conversaciones, ya sea que la madre culpe a la nuera del desprendimiento del hijo que, desde su mirada avasallante, equivale al deterioro del organismo, pero sobre todo el del apéndice arrancado, que no podrá hacer otra cosa sino pudrirse; ya sea en la negociación con el único testigo del accidente, que desnudará la subjetividad intrínseca de un capitalismo salvaje post caída del comunismo, preocupación sistemática de la Nueva Ola rumana.

La putrefacción del hijo en su alejamiento del seno materno se materializa en el accidente y en su reacción posterior. Sólo el acercamiento por la fuerza de la madre le dará alguna esperanza de sobrevivir, de reverdecer en cautiverio, que, en este caso, equivale a evitar la condena a prisión.

El título argentino, en su ironía presumiblemente involuntaria, aporta una página más a la larga lista de desatinos en el arte degradado de la traducción de nombres de películas. Porque La Mirada del Hijo es lo que el film no ofrece, sólo sugiere realizado en la política de lala mirada del hijo 2 relación materno-filial, es lo ocluido, lo pasado por encima. El hijo es la parálisis, el pánico, el trauma; la madre es el movimiento, la acción, el riesgo. La Postura del Hijo, tal el título original, es la del feto en la matriz, bajo resguardo, inseparable y en dependencia necesaria de la madre; también es la del bebé recién nacido en el seno, separado físicamente del tronco pero aún indefenso; y es la del hijo adulto, deformado por la necesidad y la obligación de independencia pero siempre imposibilitado, al menos mientras viva la madre, de ser otra cosa que hijo, aún cuando se transformare en padre, sobre todo si como Barbu se trata de un hijo único, sin posibilidad entonces de que su carga, de que su desgarro, se aliviane al repartirse con los hermanos, siempre bajo el riesgo de volver, necesariamente de manera empobrecida, por razones biológicas e históricas, de cristalización, a ocupar el rol del bebé.

 

No le hagan esto a mi niño, por favor. Es todo lo que tengo. Merece otra oportunidad. Es dulce, es bueno. Nunca tuvo la intención, puro, inocente. Es mi bebé. Usted tiene otro hijo más. Él es lo único que tengo.

 

El hijo lucha contra esa posesión y con cada retorcimiento se desgarra más y más. No quiere ver a la madre, no lee los libros que le regala, no quiere permanecer un minuto más en su casa donde se recupera del accidente. La madre es incapaz de concederle autonomía, de concederle poder de decisión. Por ello no le compra las gotas medicinales que el hijo le encarga. Ella sabe más y mejor, lo que el hijo quiere no es lo que el hijo dice querer, sino lo que ella quiere. Él es parte de ella, inalienable, inseparable. Subordinado. En deuda.

El final es notable, un último esfuerzo del hijo en su intento de autonomía: enfrenta al padre de su víctima. No lo oímos —La Voz del Hijo— y lo vemos por medio de una cuasi-subjetiva de la madre, desde el interior del BMW, reflejado por momentos en el espejo retrovisor que la conductora observa fijamente, vulnerable tras el encuentro con los padres del niño atropellado por Barbu. El mérito de Netzer es no transformar a los personajes en caricaturas, madre castradora, hijo castrado. Así logra aproximarse al corazón de toda relación materno-filial (no importa aquí si se trata de una madre controladora y posesiva, como Cornelia, o de una hipotética madre abandónica, o aún de una madre ‘equilibrada’. El desgarro del hijo es el mismo, lo que varía es el proceso de ese desgarro).

 

Ezequiel Iván Duarte

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