Parricidios 2

Cigarrillos y café [Un cartus de Kent si un pachet de cafea] – Cristi Puiu, 2004

 

Consideraciones axiológicas: imaginemos una sociedad donde los ancianos ocupan un sitio digno, merced de un respeto ganado en base a vivencias que sólo el paso del tiempo puede generar. “Yo ya he estado ahí”, podría decir un padre, “así que puedo ayudarte, aconsejarte, servirte de guía. No te confundas, no soy omnisciente, no lo sé todo, no lo he vivido todo, he cometido errores, pero, por lo que hecho por ti, por lo que he vivido, merezco ser considerado frente a frente, merezco un trato horizontal.” El hijo, entonces, no tiene que ser, necesariamente, humillado u oprimido; puede dialogar de igual a igual con el padre. Ni el joven merece ser subestimado por “no haberla vivido”, ni el anciano debe ser despreciado por su vejez.

Admitamos, ahora, que lo habitual sería que el padre ejerciera un poder más o menos opresivo sobre el hijo, sobre todo cuando éste es aún muy joven: “yo soy tu padre y debes obedecerme”; la honra al progenitor. ¿Qué sucede cuando se invierte esta jerarquía? ¿Cuándo ocurre? Pensemos en un padre abusivo: justificaríamos plenamente la insubordinación. Ser padre y ser mayor no autoriza cualquier cosa —el adjetivo indefinido abre un abanico de posibilidades.

¿Cómo comprender la inversión de la jerarquía padre-hijo en Cigarrillos y café de Cristi Puiu? La visión habitual, aunque trillada, no carece de fundamento: Tatal, el padre, nacido y criado bajo el ala comunista, no posee ninguna experiencia, ningún valor relevante en la Rumania capitalista del siglo XXI en la que el hijo, Fiul, intenta ganarse un lugar en la escalera de los negocios. Es el padre el que requiere la ayuda del hijo, y no por decrepitud, precisamente.

El escenario es una sinécdoque de un sistema socioeconómico y de una aspiración de pertenencia: Fiul cita al padre al café Graceland, nombre que remite a la mansión de Elvis Presley. El mozo bombardea a Tatal con la profusión de cervezas de distintos orígenes disponibles, Bergenbier, Hopfen, Ursus, Stella, Amstel, Budweiser, Corona (110 mil lei); lo desorienta ante el pedido de algo tan sencillo como un vaso de agua, Perla, Dorna, Borsec, Harghita, Poiana Negri, Izvorul, Vittel, Perrier. Fiul debe decidir por él con la misma seguridad con la que ordena que le traigan otra porción de pastel de manzana, una más crocante.

Cigarrillos y café 2

Tatal es introducido a un mundo al que no pertenece, es sometido al ordenamiento simbólico del hijo. Es Fiul quien cita al padre; es Fiul quien le ordena ir al grano, es un hombre de negocios, un hombre ocupado, el padre es un asunto más sin ningún privilegio; es Fiul quien lo alecciona; es Fiul quien lo reta y lo corrige; es Fiul quien, paradoja mediante, tiene una actitud paternalista con su propio padre. Y hace todo esto sin aspavientos, con la frialdad y calma de un hombre de negocios.

Pero no sería del todo correcto someter por completo esta relación a la inevitable coyuntura histórica de Rumania. No es algo que encontremos sólo en países que hayan abandonado el comunismo y, en el proceso, hayan sufrido una apertura más o menos salvaje a la economía de mercado. Cuando el hijo alcanza cierta edad y, sobre todo, cierta independencia y, por qué no, cierto éxito económico, se cree, muchas veces, con derecho a inmiscuirse y decidir sobre la vida privada de sus progenitores, excusándose, muchas veces, en el cariño y en el querer lo mejor para ellos. Pero la inversión de la jerarquía se completa cuando la salud física y mental de los padres se deteriora, o cuando el hijo está en condiciones de prevalecer económicamente sobre ellos.

El haber perdido el trabajo de treinta años como chofer, a sólo dos de jubilarse, pone a Tatal en un escenario de aún mayor dependencia respecto de Fiul, quien no manifiesta empatía y sólo se somete a una obligación que le otorga poder. El plano final es significativo: Puiu elige un encuadre abierto, con los personajes dispuestos al mismo nivel y con el mismo peso en la escena. La jerarquía no estará determinada por el posicionamiento de la cámara sino por la acción, Fiul le entrega al padre el dinero suficiente para pagar el alquiler y le promete para la semana entrante el monto del mes siguiente. Tatal también depende de él para conseguir un nuevo trabajo, por dos años, lo suficiente para conseguir la jubilación. Es que, para alcanzar un poco de dignidad (“Fui bueno por treinta años. ¿Ahora ya no sirvo más?”), el respeto y el entendimiento parecen innecesarios, la competencia no entiende de diálogos, se impone la lógica del soborno como gesto de buena voluntad.

 

Ezequiel Iván Duarte

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