Parricidios

El Lobo – Maximiliano Schonfeld, 2012

 

En las tradiciones germánicas y anglosajonas se conoce como ‘La hora del lobo’ a aquel momento entre la medianoche y el amanecer cuando las fuerzas de la oscuridad son más poderosas, cuando el reposo es más profundo y, por lo tanto, los sueños adquieren una suerte de vida independiente, se desprenden de nuestra voluntad, lo que los torna inaprensibles al despertar. Aún cuando se nos despabile en ese momento y retengamos por unos instantes la memoria de ese sueño, el ejercicio de volcarlo al papel será inútil: lo que consigamos escribir se aproximará muy poco a la experiencia fantasmática que acabamos de tener.

Ese lobo, su momento y sus efectos fueron explorados en el clásico de Ingmar Bergman, Vargtimmen, único film de terror del realizador sueco. El propio Bergman explicó que “es la hora de la muerte de la mayoría de las personas, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales. Es la hora en la que los insomnes son perseguidos por su miedo más profundo, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos. La Hora del Lobo es también la hora en la que nacen la mayoría de los niños.”

Esta precisa definición contiene y expresa, en buena medida, a la miniserie El Lobo de Maximiliano Schonfeld, director de Germania, largometraje ganador del Premio Especial del Jurado en el BAFICI 2012. En una aldea de alemanes del Volga en Entre Ríos, la presencia de un joven antropólogo alemán que ha llegado para estudiar su cultura, generará resquemores en la pequeña y cerrada comunidad. La desaparición del extranjero funcionará como detonador de una serie de tensiones y conflictos que subyacen en la aparente calma bucólica del lugar.

Schonfeld nos devuelve a la aldea de su ópera prima, pero bajo un nuevo orden térmico: el calor veraniego, por momentos sofocante pero también impregnado de potencia vital es sustituido por el crepúsculo permanente del invierno. Los amarillos brillantes del sol, de las luces artificiales, de las plantas, se transforman en dorados casi ocres, secos. La vibración de los verdes del campo es sustituida por espigas muertas, por el barro persistente.

El mundo también se mueve de forma ligeramente distinta. En Germania, la familia se veía obligada a mudarse a causa de una peste inexplicable —a su modo, un primer lobo. La crisis de pertenencia y, por lo tanto, de identidad que generaba abría la puerta a nuevas posibilidades, aunque hubiera que pagar un precio alto. En El lobo el énfasis está puesto en el estancamiento. Hay escisión generacional, aún mayor que en el largo: si en este los hermanos aún usaban, de manera esporádica, el alemán para comunicarse entre ellos y con los adultos, en la serie los jóvenes jamás utilizarán ese idioma para comunicarse entre sí, y cada vez que un adulto se dirija a ellos en dialecto, le responderán en puro castellano. Pero el mudarse del pueblo ya no es una obligación, pasa a ser una elección, una elección resistida. La fuerza centrípeta de la pequeña comunidad retiene en su prisión a los jóvenes.

Es una prisión de valores, de formas de entender el mundo; y también de hipocresías y sospechas. Ferdinand, el antropólogo, lo sufrirá en carne propia. Su presencia es resistida, lo ven como una amenaza. En una comunidad reservada, donde cada uno se guarda para sí, donde abismos separan a los individuos tras una fachada de cohesión endogámica, las inquisiciones de un científico obligan a los habitantes a confrontarse con sus propios reflejos y deseos, en gran medida reprimidos.

El Lobo 3

Schonfeld rehúye, en parte, al tratamiento televisivo típico. Quizás no tanto desde el guión —co-escrito junto a Rafael Cardelli—, pero sí en la puesta en forma, de corte neorrealista. Emplea actores no profesionales (salta a la vista Lucas Schell, quien ya había colaborado con el director en Germania y en el cortometraje Invernario), explora la cotidianeidad en locaciones reales, abundan los planos secuencia, a menudo largos travellings que acompañan la marcha de los personajes —en particular uno lateral, de gran belleza, en el que Alejandra, que se sentía atraída, no muy secretamente, por Ferdinand, y que será la única aldeana en investigar qué ocurrió con él, guía a un grupo de vacas, que la siguen con una mansedumbre hipnótica, hacia el corral.

Si otra cosa distingue a El lobo de cualquier serie policial, de misterio o melodrama protagonizado por adolescentes, es la superposición entre ficción y documental. Es un procedimiento conocido en cine, tomemos por ejemplo al genial director inglés Peter Watkins. En Punishment Park, colocó a un grupo de jóvenes militantes políticos a hacer de sí mismos en un contexto ficcional ucrónico. En Paris (La Commune, 1871), seleccionó actores no profesionales entre cuyas vidas reales y la de los communards que debían interpretar se pudiera trazar paralelismos (empleadas domésticas haciendo de lavanderas, inmigrantes argelinos interpretando a independentistas de ese país que contribuyeron al levantamiento de La Comuna). El objetivo era posibilitar la reflexión política, primero en los propios participantes de los films, luego, en recepción, en los espectadores.

Si bien la historia de El lobo es ficcional, se arraiga fuertemente en rasgos culturales de las aldeas alemanas, y es muy difícil determinar qué coincidencias y diferencias hay entre el carácter y las inquietudes de los personajes y sus no-actores. Los conflictos intergeneracionales que se muestran, ¿se desprenden de una situación real? La ruptura en el uso del idioma, las distancias en gustos musicales, en la necesidad de integración con otras culturas, ¿no son, acaso, una representación de tensiones existentes en la vida cotidiana no intervenida por la ficción televisiva de esas personas? Nos aproximamos a los ‘experimentos sociológico-cinematográficos’ de Watkins: la propia realización de la serie, ¿no constituye una forma de exteriorizar, de simbolizar aquello que la comunidad encuentra dificultoso de debatir, de expresar, de procesar?

La alta noche, noche oscura del alma, la hora del lobo, es presentada como el momento en el que los más jóvenes, sobre quienes pesa como un estigma el constituirse en la esperanza de cambio (para mejor), “salen en busca de lo prohibido”, según la sinopsis oficial de la productora Pasto Cine; intentan conjurar al lobo, al miedo, atributo del pueblo perseguido, forzado al exilio, internándose en él, mimetizándose con él, para así (re)nacer desde y en oposición a la tradición.

Un miedo que es y no es real al mismo tiempo. Es real porque sus efectos son reales. No es real porque está sostenido en la superstición —a su vez, sostenida en la persecución de los ancestros que llega con todo el peso de la historia hasta el presente—, en el ritual, en la costumbre, no en la naturaleza, y por eso puede ser desmitificado. Será en la hora del lobo, no podría ser en otro momento, en la que ocurran los acontecimientos clave de la trama.

Más allá de algunas verbalizaciones quizá excesivas en sus intenciones explicativas —es en los diálogos más densos, sobre todo en situaciones cotidianas, donde El lobo parece atascarse, un atascamiento hijo del costado más convencional de la realización, el determinismo marcado por el guión que, a veces, no termina de encastrar con la soltura del registro—, el manto de duda que se arroja sobre la eterna esperanza joven es inobjetable.

A pesar del monólogo con el que comienza el primer episodio, o de la escena final del último, con el crimen resuelto —de manera agridulce—, pasan demasiadas cosas como para creer románticamente en la esperanza en las nuevas generaciones. Desgarrados entre la tradición endogámica que parece exigir agachar la cabeza y ceder a los mandatos conservadores y un tanto xenófobos de los jefes de la aldea para poder prosperar en ella, o el marcharse para siempre y romper todo contacto con las raíces, los jóvenes reproducen muchas de las actitudes que, paradójicamente y al mismo tiempo, reprochan, mayormente en silencio, a sus mayores. Ése es el estancamiento que mencionábamos antes. Podría reemplazarse ese término un tanto confuso por el de desgarro: la única forma en la que Alejandra parece poder revelarse es en la amenaza de marcharse y buscar una vida sustancialmente distinta (rechaza el ofrecimiento del padre para comprarle sus primeros animales y, así, comenzar con su propia granja; desea estudiar en la universidad); su hermano Lucas rechazó la posibilidad de hacer carrera en el fútbol —un momento de extraña comicidad lo tiene contemplando un cartel publicitario gigante con la imagen de Gabriel Heinze, el ‘alemán’ de la selección argentina—, decidió permanecer en la aldea y su comportamiento se acerca por momentos demasiado al de su resistido padre. El silencio, cifra del miedo, reaparecerá de forma atroz en la más joven de todas, en Brisa.

Ezequiel Iván Duarte

 

El Lobo es parte del programa de contenidos audiovisuales de la plataforma Contenidos Digitales Abiertos (CDA) del Estado argentino. Como tal, puede verse de forma gratuita aquí.

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