Siete versiones de Kafka: 5. La repetición del obstáculo

El Castillo [Das Schloss] – Michael Haneke, 1997

 

En su adaptación de El Castillo, Michael Haneke sigue un camino similar al trazado por los Straub en Relaciones de Clase (basada en la novela América) y que encuentra entre sus principales referentes a la aproximación ensayada por Robert Bresson al trasladar Diario de un cura rural de Georges Bernanos. Hallamos, de este modo, un respeto profundo por la letra original, lo que incluye, por supuesto, a la estructura narrativa y al estilo en que Kafka construye la ficción.

Como cineasta del malestar y la crueldad, Haneke opta habitualmente por una puesta en forma cuya glacialidad se extiende más allá de su famosa trilogía. En El Castillo priman los planos fijos en espartanos espacios cerrados, al tiempo que la interacción entre los personajes está marcada por una impasibilidad que, como en Bresson, puede confundirse con inexpresividad cuando, más bien, en el caso de Haneke, se trata de una forma de presentación de la angustia que hace hincapié en la dificultad de asimilarla simbólicamente, de darle cuerpo y, por lo tanto, de comunicarla y comunicarse con los otros.

Es en las escasas escenas en exteriores donde aparece el único movimiento de la cámara en largos travellings que siguen al protagonista, el agrimensor K., en su marcha dificultosa contra el frío, la nieve y el viento, obstáculos que contribuyen tanto como las confusiones burocráticas y el desprecio a su paulatino y muy visible desgaste físico y emocional.

La preponderancia de colores terrosos se constituye en marca de la sencillez y hostilidad rurales del pueblo y sus habitantes, así como también de una disposición crepuscular que sugiere el cansancio y la parálisis temporal generada por la constante repetición de situaciones similares donde no hay progreso o cambio posibles a la vista. La ausencia de música extradiegética completa una puesta en forma como hielo seco.

Es sabido que Kafka no finalizó ninguna de sus tres novelas. El director austríaco parte aquí del manuscrito del autor en lugar de hacerlo desde alguna de las versiones editadas para mayor cohesión, y tampoco intenta completar el vacío con sus propios agregados. No sólo no agrega sino que, antes bien, como señala André Bazin sobre la obra maestra de Bresson antes mencionada, quita y consigue así desprenderse de cualquier gesto expresionista al que a menudo han propendido las adaptaciones cinematográficas de la obra del escritor austro-húngaro.

El Castillo 2

Es así que cada escena se abisma en un corte abrupto que no nos lleva de inmediato a la escena siguiente, sino que nos deja en negro por unos instantes, otorgándole una cierta independencia a cada una de las situaciones que se siguen en aparente linealidad. Porque aquí no hay conclusión posible, no sólo porque Kafka no haya finalizado el relato: a su albacea Max Brod le comentó en una ocasión que imaginaba a K. como residente del pueblo hasta el final de sus días, sin que su situación mejorara (o, dado el caso, empeorara) en absoluto, por lo que cabía esperar una repetición ad mortem de los mismos obstáculos; una obra que termina por ser ‘puro nudo’, un movimiento metaforizado en el círculo o, quizás, con mayor precisión, en el punto, en tanto siempre se está en la misma posición, el protagonista gira en su propio eje.

Es así que, en su fidelidad literal, el film carece de una auténtica progresión dramática. Incluso apela a la voz en off de un narrador equisciente (típico narrador kafkiano) que explicita sentimientos y sustituye diálogos. De esta forma, queda claro que aquello que vemos, y la temporalidad desarrollada, debe entenderse desde el punto de vista y la psicología de K.

Su gélida representación de la crueldad vuelve a Haneke, en líneas generales, un cineasta solemne, por lo tanto, sin sentido del humor. Sin embargo, su extrema fidelidad y empatía con el texto original y su forma, permite que el particular humor del escritor aparezca en el film. A este respecto son claves Jeremías y Artur, los dos jóvenes ayudantes que el castillo asigna al agrimensor, y que cumplen el rol de bufones cuya actitud torpe e infantil sugiere cierta malignidad. La ambigüedad es uno de los rasgos más potentes del humor kafkiano. Las situaciones burocráticamente absurdas y el comportamiento ridículo de muchos personajes causan gracia al mismo tiempo que, sobre todo con el correr de los acontecimientos y su reiteración constante, producen un desgaste en el protagonista, manifestado a menudo por la imposibilidad de vencer al sueño.

Conjugar humor y desesperación es un arte difícil. En 25 Watts, Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll consiguen crear una comedia sobre el malestar inherente al absurdo existencial y, al conseguirlo en clave humorística y no como tragedia o melodrama, multiplican la potencia trágica de la obra. Del mismo modo funciona el absurdo en Kafka, su humor, lejos de alivianar el malestar, lo refuerza, ya sea que funcione como manifestación de un orden insoportable (¿irracional?) o como forma posible de hacerle frente (en este último caso, no de parte de los personajes, aunque sí, quizás, del autor).

La película El Castillo, claro está, no es comedia, como tampoco lo es la novela original. Los atisbos de humor que puedan detectarse deben, entonces, adjudicarse a Kafka antes que a Haneke. El mérito del director, en todo caso, subyace, como se ha establecido, en un seguimiento casi literal del manuscrito que incluye necesariamente la reproducción de un estilo y unas inquietudes comunes característicos de ambos autores.

 

Ezequiel Iván Duarte

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