Cómo luchar contra la conspiración, o Los Nuevos Viejos Reales Falsos: Un ensayo sobre La Cabaña del Terror

La cabaña del terror [The cabin in the woods] – Drew Goddard, 2012

 

Por Conner Habib*

Si no creés en un mundo regido por fuerzas secretas, invisibles, que controlan cómo pensamos, sentimos y tratamos a los demás, hay un remedio rápido para tu engaño: rompé un billete de veinte dólares en trozos pequeños, inútiles. Aún mejor, hacelo en frente de un amigo. Uno de ustedes, o ambos, quedará boquiabierto, se sentirá enfermo, sentirá remordimiento. Todo por un pequeño trozo de papel.

Por supuesto, no es el papel en sí mismo, sino el significado en el papel (y “en” no es aquí la palabra apropiada, en tanto el significado no está nunca “en” algo, no es espacial) lo que es sagrado para nosotros. Si preferís gastar tu dinero en lugar de hacerlo pedazos, podés aprender un poco acerca de estas fuerzas viendo el film lovecraftiano de horror, espectáculo y conspiración escrito por Drew Goddard y Joss Whedon, La Cabaña del Terror.

En uno de sus momentos más extraños y potentes, Marty (Franz Kranz), personaje estilo Shaggy, algo nerd y fumanchero, señala que, en el momento en que estamos bajo el dominio de estas fuerzas secretas, es decir, todo el tiempo, “No somos quienes somos.”

Estas fuerzas son siempre de naturaleza mágica y extraña —evaden nuestro entendimiento, porque son más grandes que nuestro entendimiento. Economía, atracción sexual, raza, lenguaje, la sensación de un lugar: todas ellas invaden nuestro ser y nuestra identidad. La mayoría de ellas no son elegidas, y no es posible escaparles. La propia naturaleza es la más grande conspiración —células conspirando sin nuestro visto bueno, el clima y los elementos decidiendo quiénes viven y quiénes mueren. De hecho, la naturaleza es una conspiración tan retorcida que quizás no exista ninguna intencionalidad que la explique, quizás actúe simplemente por costumbre, llevándose a todo el mundo en el viaje.

Creemos que la ciencia y el conocimiento científico nos dan un mejor control sobre estas fuerzas, pero de hecho la ciencia es un síntoma de estas fuerzas mágicas. Históricamente, la ciencia se ha erigido desde la religión y el misticismo, ligada a lo espiritual en su nacimiento, e incluso ahora, cuando parece alejada de su ancestro oculto, la ciencia late con magia. Construimos aviones por un impulso mágico de volar, teléfonos por el anhelo de la telepatía. Unimos productos químicos y enganchamos nociones de física mediante un conocimiento muy limitado, le exigimos al mundo que supere grandes obstáculos para ajustarse y luego pretendemos comprenderlo cuando lo logra. Pero no entendemos al mundo, y continuamos adorando lo que no entendemos, aunque de forma implícita. En los laboratorios, cuando se mata o se experimenta con un animal, se lo llama “sacrificio”. ¿Sacrificio dirigido a quién?

Este nudo de magia y ciencia, lo viejo y lo nuevo, se manifiesta enteramente en La Cabaña, donde cinco estudiantes universitarios se ven manipulados por una organización (¿gubernamental?) secreta para pasar un fin de semana en una sala negra de sacrificios disfrazada de cabaña junto a un lago y un hermoso bosque.

* * *

The cabin in the woods 3

La película comienza por señalar las fuerzas ocultas que rigen nuestras vidas a través de la superstición. Es un comienzo desorientador —por un momento te preguntás si es la película correcta. ¿Dónde están los universitarios? ¿Dónde está la fiesta? ¿La casa rodante llena hasta el tope y las insinuaciones furtivas?

En su lugar, dos hombres de mediana edad, Sitterson (Richard Jenkins) y Hadley (Bradley Whitford) pasan el rato junto a una máquina de café en alguna clase de base científica. Se quejan de las mujeres y los bebés, y Hadley, en un presagio que pasará desapercibido a menos que se vea el film por una segunda vez, articula una superstición —si su esposa cree una conclusión inevitable que van a tener un bebé, si protege la casa para seguridad del niño antes de siquiera quedar embarazada, nunca lo tendrán. (Hadley está en lo cierto acerca del bebé —aunque no sospecha qué tan en lo cierto. La película comienza con una pequeña superstición junto a la máquina de café y en menos de 24 horas termina con el fin del mundo.)

Aparece el título en la pantalla —después de todo sí se trata de La Cabaña del Terror— rojo y fuerte, en un homenaje a Funny Games de Michael Haneke, un film con el que La Cabaña comparte mucho en lección e idea.

Los chicos, corderos para el sacrificio, son presentados en forma típica. Se preparan para un viaje, piensan en sexo, lamentan amores perdidos, están excitados. ¿Pero cuánto de ello es real? Jules (Anna Hutchison) tiene el cabello teñido de rubio. No es falso sólo por ser rubio, es calculadamente falso —descubrimos más tarde que la organización, que nunca es nombrada pero tiene (¡sorpresa!) un pentágono como símbolo, ha intoxicado la tintura para disminuir su funcionamiento cognitivo y hacerla más tonta de lo que es. Su novio, Kurt (Chris Hemsworth), está entusiasmado por ir a la cabaña de su primo. No es la cabaña de su primo, averiguamos al final. Dana (Kristen Connolly) acaba de tener sexo con y de ser abandonada sin miramientos por su profesor, revelando una atracción por los tipos inteligentes (los tipos inteligentes en la organización van a tratarla mucho, mucho peor después). Su relación con el profesor fue real probablemente, pero era en sí misma un engaño. ¿Cómo creyó que podría sostenerla? Entra Holden (Jesse Williams), de quien sabemos y llegamos a conocer menos. Es inteligente y agradable, y quizás sepa hablar varios idiomas. Más tarde, lo apuñalan en la garganta.

Y finalmente, Marty, quien desde el principio se muestra más sagaz que los otros. Llega en un auto hecho bolsa, drogado y fumando una gigantesca pipa (que se plega en un termo, y después se extiende en un garrote para aporrear zombies). Sin miedo de la policía, los frustrará con “lógica antigua” de fingimiento y aplomo simulado.

El porro mantiene su mente clara por el resto de la película, y esto no es casualidad. Para comprender cómo el mundo, en palabras de un místico del siglo XVII, está “atado con nudos secretos”, es necesario hacerse grandes preguntas. Para muchos, las grandes preguntas son demasiado atemorizantes como para hacerlas sin el auxilio de la marihuana. De hecho, preguntas sobre dios, la realidad y la conspiración son ridiculizadas hoy día como preguntas de fumanchero.

Pero en La Cabaña, como en la vida, estas preguntas son las que te ayudan a sobrevivir, porque sin el cuestionamiento reflexivo a todo, no es posible ver en qué clase de peligro te encontrás.

Su mundo vacacional no es lo que ellos creen. Pasan a través de un túnel, alambrado con explosivos que detonarán más tarde, rodeado por un campo de fuerza, equipado con aberturas y césped que emiten feromonas, bordeado por ascensores subterráneos, vigilado por las cámaras ocultas de la organización.

Los teóricos de la cultura solían sacar muchas conclusiones de lugares vacacionales tan construidos —el castillo falso de Disneyworld, los países falsos de Epcot Center, el safari falso de los parques de diversiones Six Flags. Lo extraño de esos lugares es que la gente abandona las construcciones de la ciudad para entrar en algo aún más construido. En contraste, los chicos en La Cabaña van en búsqueda de las vacaciones clásicas —estar en un lugar más real que sus vidas, pero en lugar de dejar la cuadrícula, se meten en una todavía más regulada, y el ambiente conspira contra ellos. El bosque ya no está exento de ser una creación artificial. Sus vidas son falsas. Sus memorias y color de cabello son falsos. Y su escape es falso. En otras palabras, no hay ningún lugar real adonde ir.

Nuestro mundo no está muy alejado del mundo construido de La Cabaña, y los entornos falsos ya no quedan sólo en Disneyworld, sino que son la norma. Muchos de nuestros propios entornos se encuentran ahora atravesados por líneas de clase invisibles (los blancos y/o los ricos nunca dan vuelta a la izquierda en esa calle), llenos de publicidades que inducen la excitación, vigilados por cámaras ocultas. En el anhelo por algo “real”, imitamos a la naturaleza. Las publicidades pían y aletean en lugar de los pájaros ausentes, las luces brillan en lugar de las estrellas ocultadas. No sorprende que la mayoría de los chicos no se den cuenta —hasta que es demasiado tarde— que no hay estrellas en el cielo, o que la luz de la luna parece encenderse y apagarse como si de una lámpara se tratara.

El mundo construido repite los simulacros del principal competidor de La Cabaña en la taquilla, la pesadillesca ‘clase de gimnasia obligatoria’ Los Juegos del Hambre. Y en ambos films, los personajes son llevados a ambientes falsos, se les niega escapatoria, y son sacrificados en pos de algo más grande que ellos. En Los Juegos del Hambre, los contendientes se ven obligados a luchar para crear una especie de mini guerra y así evitar el caos social generalizado. En La Cabaña esto se vuelve literal —los viejos dioses que duermen debajo de la Tierra deben ser apaciguados.

El mundo falso, construido para hacer sacrificar gente real a fuerzas potentes y reales, necesita mantenimiento. En ambos films, hombres y mujeres en oficinas controlan las estrellas, el cielo, los árboles y los monstruos. Los personajes son observados y no se les permite escapatoria real. El juego está siempre amañado, aún cuando el público (de y en los films) crea que haya lugar para el azar y, en consecuencia, para la libertad.
Estas organizaciones de control tienen una larga historia de manipular, capturar, atrapar, torturar y matar gente joven. En el caso de La Cabaña se trata de una tradición que se remonta al fin de los tiempos.

Y así, aparte de los monstruos explícitamente monstruosos en ambos films, también aparece el oficinista como monstruo, el científico, el soldado, el ejecutivo como monstruos. No hay espectadores, ni siquiera entre la audiencia. “No somos los únicos observando”, dice uno de los hombres de la organización en La Cabaña, y el significado es claro. Los viejos dioses están observando, pero también nosotros. ¿Tenemos necesidades, no? Necesitamos ver gente morir y mostrar sus tetas, necesitamos verlos gritar y luchar por sus vidas. O que nos devuelvan el dinero.

Es un gran momento. No tanto como la ruptura de la cuarta pared, más bien como un pequeño golpe desde el otro lado. “Ey, vecino, si creés que nosotros somos los villanos, ¿qué pasa con vos?”

Pero no tenemos —y no debemos— caer en la culpa, porque la película es lo suficientemente inteligente como para sacarnos de apuros. Cuando los chicos llegan por primera vez a la cabaña, Holden descubre un espejo de dos caras. A través de él puede ver a Dana a punto de desvestirse en la habitación colindante, pero ella no puede verlo a él. Se debate por un instante hasta que decide comportarse como un caballero y hacérselo saber. Es un voyeurismo que se nos dice terrible —espiar el cuerpo de los demás, presumir (como Holden parece hacer sólo un momento después, cuando intercambian habitaciones y Dana lo observa a él). Pero luego la cámara retrocede y vemos todo esto transpirar en docenas de pantallas en el complejo industrial. Hay voyeurismo y hay espionaje, invasión y control. En nuestro mundo saturado de redes sociales y televisión reality, nos condenamos mutuamente por el pequeño crimen del voyeurismo y el exhibicionismo, mientras permanecemos inconscientes del estado de vigilancia que se erige a nuestro alrededor.

En tanto haya una batalla de moralidad menor en curso, nadie nota la batalla más grande e importante.

The cabin in the woods 2

Las grandes preguntas —preguntas sobre conspiración, preguntas acerca de qué es real, preguntas sobre la naturaleza y la cultura— nos liberan de estos enredos de bajo nivel, pero seguimos siendo ridiculizados por hacerlas. Kurt y Jules regañan a Dana por el interés que muestra en sus libros. Dana ridiculiza a Marty por sus sospechas. Y después, zombies rednecks torturadores se levantan de la tierra y comienzan a matar a todos.

El momento menos consistente en Los Juegos del Hambre ocurre cuando los monstruos, perros mutantes o algo así, son liberados, porque la apariencia de los monstruos no engrana del todo con el esfuerzo del resto del film para permanecer verosímil. La Cabaña, por el contrario, gira sobre la apariencia de los monstruos. Los chicos despiertan a los zombies involuntariamente al leer un encantamiento (a la The Evil Dead) de un libro que encontraron en el sótano. Pero esta no es una cinta de zombies; la película es una vasta red de monstruos.

Los monstruos, usualmente, son la fuerza asesina en cualquier film de terror, pero en La Cabaña los monstruos son contenidos —y soltados— por un poder más grande: la tecnología. Bajo tierra y ocultos se halla una multitud de monstruos —un hombre lobo, un hombre murciélago, una criatura tipo cenobita (en uno de los homenajes más evidentes), una araña y serpiente gigantes— encerrados en celdas de cristal, esperando su liberación. Y debe haber miles de monstruos, en tanto la película revela que este ritual acontece en todo el mundo, con cada país experimentando su propia versión cultural del horror. La tecnología, a su vez, está al servicio de un poder mayor, los viejos dioses a los que sirve. Entonces, los chicos son el mundo científico moderno hecho víctima de la magia, la cual está subordinada a la ciencia, la cual, de nuevo, está subordinada a la magia. Capa tras capa de poder, del viejo mundo tratando de llegar a un acuerdo con el nuevo y viceversa.

¿Debemos acostumbrarnos a los monstruos? Un soldado en La Cabaña le formula la pregunta a uno de los trabajadores de la organización.

Los sirvientes de los antiguos están demasiado acostumbrados a ellos. En el momento más terrorífico del film, luego de que la mayoría de los chicos hayan sido asesinados por los zombies (o al menos eso se cree, en tanto Marty logra escapar), Dana es atacada y torturada por un zombie que blande una trampa para osos como arma. Ya que su muerte es opcional (aprendemos que el arquetipo que ella representa, la virgen, constituye un sacrificio opcional, siempre y cuando muera en último lugar), se cree que el ritual en su totalidad ha sido completado. Los monitores se dejan encendidos y los miembros de la organización festejan. Se pasan cervezas y se invitan a salir. Ponen música a todo volumen, cuentan chistes, coquetean. En el fondo, Dana es levantada y arrojada al suelo, atacada salvajemente. Sus gritos están silenciados.

Quizás, hasta cierto punto, la organización estaba haciendo bien, quizás el sacrificio era importante y necesario, pero se insensibilizaron. Ignoran el sufrimiento (especialmente el sufrimiento en la pantalla); sólo es una parte de su trabajo y de su mundo. Dana no tiene por qué morir, pero están listos para ignorar el desastre y continuar con sus vidas. Ni siquiera les importa cómo termine. Si has visto a una chica muriendo, gritando por su vida, las has visto a todas.

Por supuesto, no podés mantener a todos tus monstruos encerrados sin que se te lleguen a escapar. Marty, de algún modo, escapa de la muerte, salva a Dana, y juntos se meten a la base industrial subterránea. (Cuando le muestra a Dana el ascensor oculto que desciende —al subsuelo del subsuelo— ella le dice, “¿Queremos bajar?”. “¿Adónde más vamos a ir?”, le responde él.)

Tal vez el público siempre se preocupa con las imágenes de encarcelamientos masivos, y por ello se estremece ante la liberación de los monstruos. La escena de la fuga satisface la promesa incumplida en la cuarta temporada de Buffy, la cazavampiros, serie creada por Whedon, en la que la organización secreta gubernamental La Iniciativa atrapa y estudia monstruos. En el programa, los monstruos también se sueltan, pero es, mayormente, un escape incruento y disperso. En La Cabaña, hay sangre y gritos de a montones. Los carceleros y soldados, protectores del mundo, son castigados. Su propia fiesta, su propia versión de la libertad, es asaltada, saqueada, asesinada.

Mientras Dana y Marty se abren camino a través del complejo, esquivando monstruos uno tras otro y viendo a los empleados de la organización morir a su alrededor, se tropiezan con la verdad más profunda: Los antiguos. La Directora de la organización (interpretada por quién sino por Sigourney Weaver) les cuenta la historia de fondo. Y les dice que si Marty muere, Dana puede vivir y el mundo será salvado. Pero si Dana muere antes que Marty… bueno, entonces, el mundo está condenado.

“Podés morir con ellos, o podés morir por ellos”, la Directora le dice.
“Ambas opciones son tan tentadoras”, replica Marty.

Dana se ve presionada a matarlo, pero falla. La Directora muere. Comienza el fin del mundo.

“Lo siento… acabé con el mundo”, dice Marty.
“Tenías razón”, responde Dana. “La humanidad. Es tiempo de darle una oportunidad a alguien más.”

El mundo se sacude.

“Malvados dioses gigantes”, dice Marty.
“Ojalá hubiera podido verlos.”
“Lo sé”, dice Marty, “ese habría sido un fin de semana divertido.”

Una mano gigante irrumpe del suelo y aparecen los créditos.

La película podría haber terminado sin que nada ocurriese y habría significado lo mismo. La Directora moriría, el ritual no se completaría, el mundo retumbaría y luego… nada. Calma. Los dioses y valores a los que rendíamos culto en nuestra confusión y pánico no tenían el poder sobre nosotros que temíamos.

La organización simbolizada por un pentágono se esforzó desesperadamente en mantener el mundo tal cual era. Nos dice que si no mantenemos toda esta mentira y falsedad en su lugar, nos abrumará el caos y el pánico. Bueno, ¿y qué? ¿No son el matar y torturar personas, el crear paisajes engañosos, el manipular pensamientos, las mismas cosas de las que decían defendernos?

En cuanto al ocultamiento inminente de las cosas:
“Quizás así deba ser, si tienen que matar a todos mis amigos para sobrevivir. Tal vez sea tiempo de un cambio”, dice Marty.

Una vez que empezás a ver el mundo por lo que es, una vez que llegás a lo profundo y formulás las grandes preguntas, el mundo comienza a cambiar. El viejo mundo, el que conocías, se acaba. Y por supuesto, esto es un sacrificio. Sacrificio real, no falso, ritualizado, hecho de plantas falsas y tintura para el pelo, apuntalando un mundo de mentiras y placeres irreales.

La Cabaña nos dice —todo lo que tememos que una revolución en el pensamiento y en el comportamiento traería aparejado ya está aquí. Necesitamos encontrar algo nuevo que adorar, o por siempre estar bajo el poder de fuerzas que no podemos ver, entender o eludir.

The cabin in the woods 4

*Traducido con autorización del autor.

The original version in English was published in the author’s blog here

 

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