Siete versiones de Kafka: 3. y 4. Ensueños/Implicaciones

Un médico rural [Kafuka: Inaka isha] – Koji Yamamura, 2007

El médico rural – Leandro Ipiña, 2001

“El deseo de la muerte es uno de los primeros indicios que empezamos a discernir. Esta vida nos parece intolerable, la otra inaccesible. Ya no se siente vergüenza de querer morir; se implora desde la vieja celda que se odia, ser trasladado a otra nueva, que tendremos todavía que aprender a odiar. Se da en esto también un poquitillo de fe, en que durante el traslado, el Señor aparezca por el pasillo, observe a la cara al prisionero y diga: ‘A este no debéis encerrarle más, que venga a mí.’”

KAFKA: Consideraciones acerca del pecado

1.

Las líneas de los dibujos son desprolijas y cambiantes, tiemblan y se multiplican; los volúmenes se alteran y deforman en anamorfismos que tan pronto aplastan la imagen (todo es suelo) como la inflan hasta casi hacerla estallar, las cabezas se estiran, los ojos saltan de las órbitas. Ante cada paso, el médico debe luchar con sus piernas que se estiran, con su cuerpo que se curva en formas grotescas y se fija en la nieve.

Blanco y negro. Tonos ocres. El cuerpo se desprende y fragmenta, se abre como una herida; narices y ojos se elevan, nunataks en el desierto helado; cada puerta, una gigantesca cabeza. La voz interna del doctor también se rompe, se duplica en dos hombrecitos negros en postura ritual, mientras el violín despide agudos latigazos.

Unos pocos garabatos bastan para inundar de humo la habitación. Las superficies grandes no requieren de detalles, unos pocos trazos brutales bastan. Los detalles se reservan para las pequeñas cosas, para la humedad en el bigote del médico, para la herida en el costado del enfermo: “su color ascendía por diversos matices desde el rosa hasta el rojo oscuro en el fondo y se aclaraba mucho en los bordes, ligeramente granulados, y con coágulos irregularmente repartidos (…) Unos gusanos, coloreados de por sí y, además, salpicados de sangre se retuercen agarrados al fondo de la herida ostentando a la luz sus blancas cabecitas y sus numerosas patitas.”

Cada monólogo interno, cada descripción se magnifica como con una lente de aumento anamórfica. La sequedad del texto original, en donde lo absurdo y lo monstruoso, donde la enfermedad y la muerte aparecen despojados de barroquismos y afectaciones, con una naturalidad que, paradójicamente, amplía el efecto de desasosiego, se pierde en favor de la expresividad de un estado del alma por medio del dibujo y del sonido. Si Kafka fue más expresionista en espíritu que en forma, Yamamura intenta plasmar en la forma ese espíritu.

2.

Médico rural

Es otro el aforismo que inicia Kafuka: Inaka isha: “El camino verdadero pasa por una cuerda, que no está extendida en alto sino sobre el suelo. Parece preparada más para hacer tropezar que para que se siga su rumbo.” No hay nada que pueda hacerse, los pecados capitales de la impaciencia y de la indolencia son ineluctables, no puede escaparse de ellos. El enfermo comienza por rogar que lo dejen morir, y termina por preguntar, entre sollozos ilusionados, si será salvado, para luego reprochar y amenazar al médico. Éste no ve la enfermedad hasta que es sometido a ella, pero nada puede intentar. Y cuando sí lo intenta, cuando quiere (cuando necesita, porque sólo el egoísmo, al parecer, puede con la desidia, aunque, inevitablemente, traiga consigo la impaciencia) volver rápido a su hogar, tropieza con la cuerda.

“¿Pero qué puedo hacer?”. Leandro Ipiña no apela a la fidelidad a cada detalle y circunstancia del relato original. Pero, como Koji Yamamura, explora a nivel formal el universo espiritual de Kafka, aunque con cierta tibieza, despojado de la explosión plástica del dibujo y sin los recursos en el registro de un Welles.

El blanco y negro de alto contraste, los travellings hacia adelante en ángulo ligeramente contrapicado que toman los rostros en claroscuro, los acordes ominosos; Ipiña opta por concentrar la acción en la casa del enfermo, quien esta vez no desea la muerte para sí mismo —como ocurre al comienzo del cuento y tal cual rinde, con fidelidad, el cortometraje japonés— sino sólo hacia el médico (en la síntesis se pierde la densidad de las contradicciones). “No vino porque quiso, vino porque lo llamaron”, el paciente remarca el pecado en el protagonista, que sólo busca excusas para huir, que no puede ver su sufrimiento: ahora la visión de la herida se nos escamotea (también los “caballos de otro mundo”, también la desnudez forzada, también el mordisco en el pómulo de Rosa, también el desierto nival; se nos niegan las marcas de la enfermedad, del dolor, del pecado, de la humillación; cifras del absurdo movimiento circular, de la prisión de la voluntad), su existencia física es puesta en cuestión, se borra la materialidad metafórica de la angustia. Y esa flor, esa única herencia de nacimiento es el objeto central de la fábula, el estigma del pecado inevitable.

Ezequiel Iván Duarte

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