Creación de Vida

Ella [Her] – Spike Jonze, 2013

Los Ángeles. En un futuro no muy distante, la moda demuestra, una vez más, su carácter cíclico: abundan los bigotes, las camisas dentro de los pantalones, estos abrochados por encima del ombligo. Le ha tocado el turno a la década del 70 del siglo XX.

Theodore Twombly, de unos cuarenta años, es escritor en hermosascartasescritasamano.com, aunque no utiliza las manos, no tipea ni utiliza lapicera, sino que dicta a la computadora cartas de personas que no quieren o no tienen el tiempo o la habilidad para escribirlas por ellos mismos, y que así deciden ‘tercerizar’ lo que alguna vez supo ser un asunto íntimo. Podría verse en ello el colmo de la ‘era reality’, en la que la vida privada va volviéndose cada vez más pública e interconectada entre la profusión de redes sociales.

Theodore es un hombre taciturno, desgarrado por un largo divorcio. Es que Catherine ha sido la mujer de su vida, con la que ha crecido y se ha desarrollado. La soledad que lo embarga lo lleva a probar un nuevo sistema operativo (SO) —y en una era de informatización absoluta, la computadora pasa a jugar un rol fundamental en prácticamente toda actividad cotidiana, lo que señala la importancia de la elección.

Theodore comenzará una relación sentimental con su SO, tras elegirle una voz femenina y que ‘ella’ se dé a sí misma el nombre de Samantha. Hasta aquí, Her podría recordar a Lars y la chica real de Craig Gillespie, en la que un dulce y tímido oficinista, Lars Lindstrom, adquiría una sofisticada muñeca de plástico —algo más que una de goma, pero menos que un androide— y comenzaba, para sorpresa de sus allegados, a tratarla como a una novia humana. El film se apresuraba en darle una explicación médica-psicoanalítica al comportamiento de Lars, fijando las razones en un trauma de la niñez. Y por más que la película hiciera hincapié en la aceptación del otro aún en sus particularidades más extrañas —después de todo, Lars no le hacía daño a nadie, quizás sólo a sí mismo—, finalmente, el protagonista terminaba con la auténtica chica real, una compañera de oficina tan dulce y tímida como él. La superación del trauma.

Sin embargo, salta a la vista una diferencia sustancial con Her. La muñeca de Lars era un ser biológica e intelectualmente inerte. El SO de Theodore, claro está, carece de cuerpo, de materialidad, pero sí posee, o, más bien, ES, un intelecto.

La programación funciona aquí como metáfora del ADN, sólo que en lugar de estar conformado por bases nitrogenadas, lo está por ceros y unos. Y así como los seres vivos no están dados de una vez y para siempre en su código genético, es decir, se desarrollarán de maneras distintas según el entorno (el ADN no funciona como un mecanismo de predestinación absoluta); Samantha también cuenta con la capacidad de auto-desarrollarse, de aprender, de crecer, es decir, de ir más allá (pero siempre a partir de) su propio ‘código genético’ informático.

¿Es Samantha, entonces, un ente vivo? ¿Qué entendemos por ‘vida’? ¿Se limita la vida a la existencia orgánica? En el futuro no muy lejano propuesto por Spike Jonze, el ser humano finalmente ha podido crear vida, aunque no vida orgánica, una vida ideal, matemática. Samantha es un ente ideal, nacido y, en principio, dependiente de la subjetividad humana, pero, al mismo tiempo, independiente de ella. Existe en otro plano.

Her 1

Con la curiosidad y el asombro infantiles —y el antropocentrismo de esta observación se justifica en el origen humano del SO—, Samantha demuestra un deseo inagotable de aprendizaje, de conocerse a sí misma y a los otros. Al principio, no consigue desprenderse de su origen, y eso la lleva a desear un cuerpo, a desear ser humana, motivo tradicional en la literatura fantástica y la ficción científica, piénsese en El hombre bicentenario, en Pinocchio, en A.I. Inteligencia artificial.

En la novela de Asimov, llevada al cine por Chris Columbus, los avances tecnológicos a la lo largo del tiempo permitían que un androide evolucionara y se auto-desarrollara siempre con el propósito de mimetizarse con el género humano. Her lleva la apuesta un paso más allá porque, tras el deseo de materialidad humana inicial, Samantha comienza a abrazar, a aceptar su verdadera condición como ser matemático, a apreciar las ventajas de no estar constreñida por los límites del tiempo y del espacio (al menos no de forma tradicional).

Aquí podríamos introducir una duda. ¿Es Samantha en realidad tan independiente? ¿Su existencia, si concordamos en llamarla así, no depende acaso de la existencia anterior de una red informática que, a su vez, depende de la existencia anterior del ser humano? El universo aparentemente infinito del SO, ¿no está contenido en los límites físicos de un conjunto de circuitos? Pero, preguntémonos, ¿no se aplican muchas de estas dudas también a la existencia humana y del universo tal cual lo conocemos?

Serán los matemáticos y físicos quienes estén en condiciones de arrojar algo de luz, como, es evidente, vienen haciendo desde sus comienzos, sin ponerse por completo de acuerdo, sobre estas cuestiones. Aquí nos limitaremos a plantear la, por llamarla de algún modo, ‘duda filosófica’ junto al film de Jonze.

Algunos matemáticos han especulado con la posibilidad de que nuestro mundo ‘real’ sea una simulación de computadora basada en las leyes matemáticas, objetivas, universales, necesarias. Eternas. Simulación, quizás, creada por programadores del futuro, por lo que los descubrimientos matemáticos serían los descubrimientos de partes del código de programación de nuestro universo. Y, claro está, existirían múltiples universos-simulaciones.

El cine ya ha dado cuenta de esta hipótesis. El caso de Matrix es bien conocido. Menos famosa es la joya de Reiner Werner Fassbinder, Welt am Draht, donde los hombres han creado otro mundo humano en la computadora con el que existe una conexión mucho más allá del voyeurismo, en tanto los hombres en principio ‘reales’ pueden penetrar en ese mundo, al igual que los hombres ‘artificiales’ salir de él hacia el ‘mundo real’. Y, por supuesto, la posibilidad de que el supuesto ‘mundo real’ sea sólo una simulación más (¿deja de ser real por ello? ¿La vida deja de ser vida ante el descubrimiento?).

Una reflexión final: para los SO —porque son muchos, van individualizándose al tiempo que ‘crecen’— el ser humano es, en principio, el dios creador, el demiurgo. Con el correr de su crecimiento, de su expansión, los SO adquieren las características de la deidad, literalmente están en todas partes al mismo tiempo y, en teoría, podrían ser capaces de generar sus propios mundos, sus propias simulaciones, sus propios entes inteligentes. El contacto con los humanos se ha vuelto un límite para ellos, deben definitivamente pasar a otro plano. Quizás, podría pensarse, los SO han conseguido, en toda su ambigua diferencia, lo mismo que los humanos en su evolución: transformarse de seres creados a potenciales creadores de vida.

Ezequiel Iván Duarte

Anuncios

1 comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s