Entre la tierra y el hombre

Prisioneros de la tierra – Mario Soffici, 1939

Las aguas bajan turbias – Hugo del Carril, 1952

Ezequiel Iván Duarte

Prisioneros de la tierra y Las aguas bajan turbias seducen a pensarlas en conjunto. Antes que nada, comparten un mismo tema, cuya exposición abunda en puntos de contacto: la explotación a la que eran sometidos los mensús conchabados para trabajar en los yerbatales de Misiones. Pero, al mismo tiempo, tienen una diferencia sustancial: en el film de Mario Soffici, son los elementos los que determinan el desarrollo de los seres vivos, incluido el hombre; mientras que en la obra de Hugo del Carril la supervivencia de los hombres debe comprenderse en función de su relación entre sí antes que por las características del clima y el suelo del lugar.

A grandes rasgos, entonces, y de acuerdo a una visión que entrelaza lo bio y lo sociogeográfico, Prisioneros de la tierra podría conceptualizarse como una película humboldtiana, en tanto que Las aguas bajan turbias sería más bien darwiniana. Por supuesto que ninguno de los dos films se propone como representación de la biota misionera, el foco está puesto en las relaciones humanas. Aún así, una visión en detalle permitirá ver la pertinencia de esta caracterización.

La ley del hombre y la tierra

El naturalista alemán Alexander Von Humboldt es uno de los principales referentes de una historia natural que veía en las condiciones físicas del biotopo las causas principales de la distribución de los seres vivos. Las relaciones de los factores bióticos entre sí carecían de mayor importancia a la hora de determinar la distribución geográfica de las especies.

Ya desde el mismo título, Prisioneros de la tierra apela a la zona geográfica en la que se desarrolla la trama como causa última para explicar las relaciones entre los personajes. Soffici no desdeña la importancia de una economía de la explotación: desde el inicio, y más allá de un texto sobreimpreso, en un plano del ancho río y la selva que lo circunda, que pretende tranquilizar al situar las acciones en un pasado ya superado, el embrutecimiento y la barbarie son presentados como las coordenadas en las que se moverán los personajes.

Los mensús se emborrachan en la pulpería y muchos de ellos son manipulados en ese estado para conchabarse, lo que equivale prácticamente a entregarse en esclavitud. El patrón y los capangas son crueles y no dudan en atar y azotar a cualquiera que ose emitir queja o intente escapar. El doctor Else, un alemán bonachón, se entrega a la botella, al igual que muchos mensús, como forma de evadirse de la cruel realidad. El hombre explota al hombre, tensión materializada en el duelo personal entre el mensú Esteban Podeley y el patrón Korner. Hasta aquí, lo mismo podría decirse del film de del Carril.

Sin embargo, Soffici no ve a la competencia entre los hombres como causa principal de la explotación, sino que la subsume a los rigores específicos de un clima y de un suelo. La anchura del río, la voluptuosidad de la selva, el calor y la humedad marcados en el brillo de los rostros que resaltan en la oscuridad —se trata de un film bastante nocturno. El propio Korner culpa al calor de su intento de atropellar a Andrea, hija del médico.

El clima no sólo rezuma visualmente. En los profusos diálogos, la referencia a la prisión de la tierra y la degradación que trae consigo es constante. Else recuerda que ha pasado “veinticinco años entre las lluvias, como un tronco que se pudre en el remanso.” En diálogo con Korner, sueña con poder cegar los pantanos, a lo que el patrón replica: “Esta tierra es invencible, Else. Hay que dominarla a machetazos, pero por un rato, después es ella la que nos derrota.”

En este contexto, “el sur” aparece como la salvación, para Podeley y Andrea, de esa tierra colorada que aprisiona. Los hombres son más buenos río abajo, asegura la “chinita”, porque “esta tierra y este aire enferman”. Else y Korner, más fatalistas, sólo tienen, respectivamente, al alcohol y al disco paterno con la grabación de la sonata Claro de Luna de Beethoven. Alemania, para el primero, su tierra de origen, se ha vuelto un sueño inconcebible; para el otro, el lugar de nacimiento del padre, refugio y consuelo imaginarios sólo accesibles a través de la música.

A la tierra también se deben el mosquito y la coral, dos adversarios del humano en la lucha por la subsistencia. El paludismo amenaza con acabar con buena parte de los mensús; y la coral aparece brevemente, cifra premonitoria de la muerte tan cara a la literatura de Horacio Quiroga, en cuyos cuentos “Un peón”, “Los destiladores de naranja”, “Los desterrados” y “Una bofetada” se basa el guión. La presencia de estas criaturas encuentra su causa en el clima y en el suelo.

La venganza a latigazo limpio de Podeley, que obliga a Korner a arrastrarse por el barro y, finalmente, a flotar a la deriva en el río sucio; pero, sobre todo, el plano final del brazo del mensú, apretando un puño de suelo en su último suspiro, simbolizan el carácter determinante otorgado al paisaje.

“Si será animal…”

lasaguasbajan2

En Darwin, la relación entre ser vivo y ser vivo es la relación biológica fundamental. Dijimos al principio que ninguna de las películas se propone retratar al conjunto de factores bióticos de la selva misionera y los vínculos que tienen entre sí, sino que apenas hacen hincapié en los hombres y las jerarquías que los atraviesan.

Desde este punto de vista, el darwinismo adjudicado a Las aguas bajan turbias podría cuestionarse: el énfasis puesto en el ser humano no facilita las cosas a la hora de entenderlo como una especie más entre otras, sin ninguna preeminencia o privilegio material que le permita desentenderse del delicado equilibrio ecológico.

Aún así, desde un horizonte diferente, el darwinismo sí aparece enfocado en el contacto entre los propios hombres y su lucha por un lugar en el mundo. Después de todo, el propio Darwin titula uno de los apartados de El origen de las especies como “La lucha por la vida es rigurosísima entre individuos y variedades de la misma especie”. Aquí, el biólogo explica que, al tener las especies de un mismo género y los ejemplares de una misma especie una estructura, costumbres y constitución semejantes, “la lucha será más rigurosa entre ellas si entran en competencia entre sí que entre las especies de distintos géneros.” Si el Hombre merece ser considerado como una especie más entre otras, estas consideraciones también cuentan para él.

Dijimos antes que Hugo del Carril, a diferencia de Soffici, no subordina las relaciones humanas a las características del clima y el suelo, sino que las coloca como determinación central para entender los comportamientos, adaptaciones y jerarquías establecidas. Es por ello que el ser humano es presentado en comunidad de modo mucho más marcado que en Prisioneros de la tierra.

La secuencia inicial de ambos films sirve a modo de prueba: Las aguas bajan turbias también comienza con los créditos sobre imágenes del río y la selva circundante, pero es la voz en off, como si se tratara de un documental, la que cumple la misma función que la placa aclaratoria en la película anterior: advertirnos, para nuestra tranquilidad (o, más bien, la del gobierno en cuestión, sea el de Perón o el de Ortiz) que los acontecimientos representados pertenecen a un pasado no muy lejano —para todavía facilitar cierta empatía— pero ya superado. Del Carril efectúa un agregado respecto al autor de La cabalgata del circo, esto es, además de las imágenes del río y la selva, introduce planos de los mensús trabajando. Ya desde el comienzo, entonces, está señalando la diferencia sustancial con su película-prima: el colectivo humano como trabajador se impone al orden “casi metafísico”, en palabras de Fernando Martín Peña, impuesto por el ambiente. Asimismo, se muestra los cadáveres de los mensús rebeldes que enturbian el río, lo cual, junto a la explicativa voz del narrador, introduce la lógica particular de las relaciones humanas en el lugar, una auténtica “lucha por la existencia”.

Si en Prisioneros de la tierra hay una mayoría de escenas en las que sólo aparecen unos pocos personajes, en la obra de del Carril, en ocasiones mediante un montaje ágil con fundidos encadenados y música sinfónica de tormentosa intensidad, se ve a los mensús trincando bajo el látigo en una combinación de planos generales y paneos que recorren el terreno, y planos cerrados en contrapicado que recortan contra el cielo y las ramas los cuerpos en su trabajo incesante, en mayor grado y cantidad.

La caricaturización de los antagonistas —patrón y capangas—, ausente en el film de Soffici, puede señalarse como un recurso para enfatizar en una lógica socioeconómica de las relaciones humanas. Los diálogos acompañan: en lugar de las constantes referencias a la prisión de la tierra y la maldad del clima, aquí la orden de “¡Trinquen!”, las alusiones permanentes a la posesión del otro prevalecen, materializadas en los azotes y las cicatrices, y en el abuso sexual: “más esclavos pa’l yerbal”.

Pese a que Las aguas bajan turbias, al estilo clásico, también tiene sus protagonistas (los hermanos Peralta) y sus respectivas, y más o menos trágicas, historias de amor, las complejas relaciones mutuas entre los hombres adquieren preeminencia respecto al (melo)drama personal de Prisioneros. Los campesinos discuten qué es y para qué sirve un sindicato, y el clímax de la obra involucra una rebelión colectiva. En el film de Mario Soffici, la revuelta mensú se escamotea a la vista a favor del duelo personal entre Podeley y Korner. El sujeto en comunidad y en clase social, en un caso; y el sujeto como individuo representante de una clase, pero también del propio drama personal, y atravesado por la brutalidad ontológica del suelo que habita, en el otro.

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