Siete versiones de Kafka: 1. La colonia eterna

La colonia penal – Raúl Ruiz, 1970

Ezequiel Iván Duarte

Des-situarse de la Historia es un ejercicio imposible. Incluso en la aparente a-historicidad de ciertos textos se filtra por las junturas un estar-en-el-mundo, más allá de la banalidad política en la que se incurra. Es por ello que en La colonia penal, Raúl Ruiz fracasa en su intento por “hacer una película absolutamente irresponsable, desconectada de la realidad chilena”.

El resultado no carece de potencia satírica ni de densidad política: tanto en el film como en el cuento de Kafka en el que se inspira, la condena se inscribe en el cuerpo (de la víctima) como se inscribe en el papel (del escritor y periodista); y la inscripción es el atributo humano por naturaleza.

El explorador de En la colonia penitenciaria se transforma aquí en la periodista al servicio de las agencias de noticias internacionales, por defecto basadas en Europa occidental y los Estados Unidos, centros del poder geográfico mundial. Arriba a Cautiva, una isla del pacífico latinoamericano que fue alternativamente colonia penal del gobierno de Ecuador, territorio ocupado por Estados Unidos, sociedad piloto de las Naciones Unidas y que recuperó la independencia en 1972 (fecha posterior a la de realización del film).

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Los hechos que acontecen son erráticos, y no es sino hasta la secuencia final en que se echa luz definitiva sobre las situaciones absurdas que se suceden (hasta entonces prevalece la sospecha). El principal interlocutor de la periodista es el mismísimo Presidente que, sólo de modo parcial, ocupa el lugar que en el cuento corresponde al oficial como informante y evaluado. Pero lejos de la claridad expositiva del oficial-juez y verdugo, el Presidente Llanes se contradice, se muestra nervioso, comienza a cantar sin motivo aparente y se echa a dormir en el suelo de una oficina cuando la mujer aún se encuentra allí. En todas las habitaciones parece haber soldados —que constituyen la mayor parte de la población visible de la isla— durmiendo, por lo general en el suelo.

Ruiz no sólo se inspira en un relato de Kafka, también comprende y comparte un sentido del absurdo característico de la literatura del checo, y que, a menudo, aporta una cuota humorística, muchas veces incomprendida por aquellos que sólo ven una solemne oscuridad en su obra. Las bufonadas de los soldados, por ejemplo cuando conducen a la periodista recién llegada a un vehículo con vistas a encontrar por primera vez a Llanes, se parecen a las de soldado y condenado en el cuento (sobre todo en la última parte, cuando el reo es liberado, lo que suscita su alegría y la del custodio); también a las de los ayudantes del agrimensor K. en El castillo. Este carácter absurdo de los hechos en la película también se emparenta con las circunstancias del juicio y la condena en En la colonia penitenciaria: “la culpa nunca se pone en duda”.

Es al final donde tanta extrañeza se asume como representación: habiendo fracasado como guanera, Cautiva se ha transformado en una exportadora de noticias que deben cumplir al pie de la letra con la clase de informaciones que los amos del ‘primer mundo’ consideran deseables y esperables de los “países marginales” (en los que se especializa, de acuerdo con sus propias palabras, la periodista): autoritarismo político, torturas, desastres humanitarios; los temas clásicos que le permiten al Estado mantener la financiación de la FAO y la CEPAL.

Cuando la periodista nota que la escena de tortura que fue invitada a presenciar es idéntica a la de una novela titulada La guerra verde, interroga al autor, quien ahora reside en la isla y se justifica: “viste lo que escribió García Márquez y Fuentes, este muchacho Fuentes…”

La mención de dos referentes del ‘boom’ de la literatura latinoamericana es pertinente: el realismo mágico se transformó en el estereotipo homogeneizante de las letras para esta parte del mundo, el movimiento promovido como La literatura latinoamericana desde los centros de poder geográfico mundial que como tales tienen el control sobre la configuración de corrientes artísticas, su clasificación y la adjudicación de los atributos correspondientes. Y a la periferia siempre se le negará el reconocimiento de su heterogeneidad a favor de una normalización que atrofia la riqueza y variedad cultural para ajustar un estereotipo aceptable a los ojos y a los intereses del poder.

Del mismo modo, el gobierno de Cautiva busca ofrecer a esos centros de poder las noticias que esperan recibir de una nación del ‘tercer mundo’, las características de un “país jardín de infantes” en un sentido prácticamente denotativo: como ya se estableció, el Presidente se comporta de manera infantil e impredecible, los soldados se echan a dormir en cualquier parte y juguetean entre sí como tontuelos.

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El sadismo político, de no existir o de no ser suficiente, es magnificado y hasta inventado para satisfacer necesidades económicas. La tortura en la película está lejos del carácter explícito que sí se manifiesta en el cuento de Kafka gracias a la descripción detallada tanto del funcionamiento del dispositivo mecánico de ejecución como de las cadenas que sujetan cuello, manos y pies del condenado, cual si se tratase de un animal peligroso (reificación acentuada por el carácter perruno que le adjudica el narrador); como del énfasis en la desnudez, del detenido primero, del oficial al final, desnudez necesaria para que la máquina pueda inscribir la condena en la carne hasta la muerte.

Podría afirmarse que la racionalidad instrumental que en el cuento está al servicio de la organización de la colonia y del desarrollo del aparato con el que se ejecutan las penas de muerte, en el film sostiene la representación sistemática de hechos noticiables. Aunque es evidente que a la economía de Cautiva no le basta con esta exportación. La periodista menciona la producción de artesanías como alternativa. Esto tampoco es casual: la artesanía, como el populismo, el autoritarismo político y la pobreza, es en sí misma un estereotipo del latinoamericanismo pintoresquista, con el perdón del pleonasmo.

De forma involuntaria o no, Ruiz no puede escapar de su Chile. El encierro físico geográfico de la colonia kafkiana (un valle “encerrado entre riscos pelados”) se transforma en el encierro insular de la isla, que también es el encierro de la estrechez longitudinal, entre la segunda cordillera más alta del mundo y el océano más extenso, del país trasandino. Cautiva es asimismo descrita como “la suiza de Latinoamérica” (mote tenido por falso para Llanes. Lógicamente, si el país lo fuera perdería los subsidios internacionales de los que depende en gran medida, por lo que debe esforzarse en dar una idea contraria a la civilidad helvética), slogan aplicado a Chile antes de la llegada de Allende al gobierno.

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